El apoyo mutuo por la supervivencia

El mundo humano moderno es una gran cafetería donde tenemos comida en abundancia y no nos faltan recursos para encender fuego y calentar nuestros lonches cuando lo necesitamos, ¿por qué hay quienes se quedan sin lugar en la mesa?

Cuando mi abuelo, el papá de mi mamá, estudió la universidad, tenía poco dinero y no podía comprar los libros para sus materias. Pedía prestado los de sus amigos y así pudo conseguir su título en derecho.

Esos son los hechos. Si quisiéramos hacer una lectura sobre esta situación podríamos decir que si mi abuelo se las ingenió para concluir sus estudios, entonces cualquiera que de verdad quiera, también debería poder. Podríamos transformarla en una historia sobre cómo un individuo supera la adversidad.

Otra interpretación, haría que nos cuestionáramos por qué vivimos en un sistema que obliga a las personas inteligentes, trabajadoras y con ganas de estudiar, a depender de que otros les presten sus libros para hacerlo.

Imagínate basar nuestra sociedad, no en el “hazle como puedas” bajo el que vivió mi abuelo y muchas otras personas cuyas historias no conozco, sino en el mismo principio bajo el que actuaron sus amigos cuando le prestaban libros, dándole un plato metafórico para que se pudiera servir.

Ese principio es el del apoyo mutuo, una forma de organización que consiste en el intercambio recíproco de recursos y servicios para el beneficio en conjunto de las personas. A diferencia de la caridad, que es una forma institucionalizada de ayuda donde benefactores ricos ofrecen el apoyo y tienen todo el poder, incluso de condicionar qué personas entran al programa, y qué tienen que hacer para no perderlo. El apoyo mutuo es una solución horizontal que fundamentalmente cree que todos tenemos algo que los demás necesitan y todos necesitamos algo que los demás tienen.  Pueden ser recursos económicos, servicios de transporte, trabajo emocional, y un largo etcétera. 

Okay, pero eso no funciona en nuestro mundo horrible donde la cafetería está llena de guardias listos para someterte y golpearte si eres muy pobre para comer, ¿no me convendría ser egoísta? Si las interpretaciones del darwinismo social han de creerse, cada criatura está sola en una cruel e interminable lucha por la supervivencia donde sólo quienes demuestran mayor aptitud sobreviven. Bajo este lente el egoísmo tiene sentido. Cada una de mis comidas tengo que pelearla. Si obtengo recursos extra que me hagan la vida más fácil en el momento o me den tranquilidad para el futuro, los protejo. Cualquier persona que esté batallando para comer o vivir con tranquilidad, lo siento, cada quién le hace como puede. 

Me recuerda al famoso dilema del prisionero de la teoría de juegos. La situación ocurre cuando te atrapan a ti junto a una compañera de crimen, la policía las interroga sin darles la posibilidad de comunicarse y les presenta el siguiente acuerdo de forma aislada: 

1) si delatas a tu compañera, puedes ser libre siempre y cuando a ti no te delaten, a ella le dan cinco años de prisión. 

2) si ambas se delatan, les dan 3 años de prisión a las dos.

3) si tú decides no delatar a tu compañera, pero ella sí te delata, ella sale libre y tú tienes cinco años de prisión.

4) si ninguna habla las dos son sometidas a sólo un año de prisión. 

Con estas opciones, nos dice la teoría de juegos, tu mejor opción es delatar a tu compañera, tomar la estrategia más fuerte y que te dé el mejor resultado sin importar lo que haga tu compañera. Gran ejemplo, ¿no? Cada quien hace lo mejor para sí y confiamos en que los demás harán lo mismo. 

Aunque suena convincente, esta analogía está incompleta. En la vida real no interactuamos con las personas una sola vez, incluso si no nos damos cuenta. Tenemos repetidas interacciones con personas como nuestras vecinas, compañeras de trabajo, nuestro grupo social extendido, etc. La simulación The Game of Trust demuestra que la mejor estrategia es una que tiende a favorecer el altruismo siempre y cuando se cumplan algunas condiciones, como el factor de la repetición y una comunicación relativamente clara. 

Esto no es sólo un modelo teórico ficticio, sino que se ha visto una y otra vez en la naturaleza. En su libro Mutual Aid: A Factor of Evolution, Piotr Kropotkin explora el rol de la cooperación mutuamente benéfica tanto en el reino animal como en los humanos. Refutando directamente a los darwinistas sociales dice sobre Darwin:

Señaló cómo en innumerables sociedades animales, la lucha entre individuos desaparece y es reemplazada por la cooperación, y cómo esa sustitución resulta en el desarrollo de las facultades morales e intelectuales que aseguran a la especie las mejores condiciones para la supervivencia. Confió que en tales casos el más apto no es el más poderoso físicamente, o el más astuto, sino aquellos que aprenden a combinarse para apoyarse mutuamente unos a otros, fuertes y débiles por igual, para el bienestar de la comunidad. “Aquellas comunidades”, escribió, “que incluían el mayor número de los miembros más compasivos florecían mejor y dejaban el mayor número de descendientes”.

¿Por qué, entonces, no escuchamos de nada de esto en la historia de la humanidad? Tiene que ver con lo que elegimos recordar y con cómo contamos nuestras historias. Nuestras instituciones y registros oficiales, incluso nuestro arte y prensa en la mayoría de los casos: 

Nos legan para la posteridad las descripciones más detalladas de cada guerra, cada batalla y cada pelea, cada lucha y acto de violencia, cada acto de sufrimiento individual. Pero apenas dejan rastro de los incontables actos de apoyo mutuo y devoción que cada uno de nosotros conoce desde la experiencia. Apenas notan lo que constituye la esencia de nuestra vida diaria, nuestros instintos y costumbres sociales.

El apoyo mutuo no es una gloriosa batalla que se libra al cabo de un periodo corto e intenso de tiempo. Es un trabajo que va a tomar tiempo y paciencia. Si queremos comenzar a transformar nuestras vidas juntas y no ser unos psicópatas cósmicos que se sienten totalmente distintos del resto de la vida, podemos empezar por contarnos una historia distinta. 

Una historia que incluya el hecho de que dependemos unes de otres. De que sin las personas que cultivan y transportan nuestros alimentos, ninguno de nosotros tiene las habilidades para vivir de la tierra. De que, como dijo David Graeber, somos una colección de seres frágiles cuidando unes de otres. 

Vale la pena preguntarnos por qué no estamos contando esa historia, y si estamos haciendo nuestra parte por apoyarnos unas a otras y ayudar en el cuidado de la vida. Cualquier cosa sirve, desde compartir tu comida con quien no tiene dinero para comprar en la cafetería, a cambiar la historia que contamos sobre quiénes somos, e incluso prestarle un libro a alguien que lo necesita.

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