¿Es distinta la ciencia de la brujería?

Cuando tengo preguntas sobre cómo funciona el mundo, busco las explicaciones de quienes se supone que saben mucho: los científicos. Cuando quiero, por ejemplo, saber por qué la meditación me hace sentir bien, necesito que un paper me explique por qué. También lo hago cuando quiero elegir entre ser atendido por un homeópata o ir a un hospital. Para mí, entre más científica sea la opción, más posibilidades hay de que la elija.

Tal vez pienso que la ciencia puede mirar a la verdad porque se basa en el método científico, que ha sido diseñado y puesto a prueba a través de los siglos por las mentes más brillantes que han pisado la tierra. Por lo tanto, creemos, es lo único que puede garantizar el descubrimiento de la verdad. ¿Será eso cierto?

Es claro que la ciencia tiene un lugar privilegiado en mis justificaciones, pero, ¿por qué? ¿por qué siento que la ciencia es la única que tiene acceso al misterioso y maravilloso mundo de la verdad? y, tal vez aún más importante, ¿me estoy perdiendo de algo al tenerla en tan alta estima?

I

Paul Feyerabend, en su libro En contra del método argumentó que la ciencia nunca ha sido en la práctica lo que dice ser en su discurso. Los avances científicos más importantes nunca han seguido el método científico e incluso, en lugar de demostrar sus ideas a través de la evidencia, han utilizado argumentos de autoridad para promover teorías incompletas que después, al seguirlas trabajando, resultan provechosas. La única regla que podríamos extrapolar de la historia de la ciencia es que no existen las reglas. Feyerabend decía que si nos quedamos con la idea de que la ciencia es inmaculada, se nos puede escapar la oportunidad de reconocer otras formas de organizar nuestra experiencia que resulten igual de válidas.

Su propuesta era el anarquismo epistemológico, y argumentaba que la ciencia podría ser una entre muchas alternativas de explicar el mundo, todas constantemente compitiendo para mejorarse:

el conocimiento no es un proceso que converge hacia una vista ideal; es un siempre creciente océano de alternativas, cada una de ellas forzando a las otras a una mejor articulación, todas contribuyendo, mediante el proceso de competencia, al desarrollo de nuestras facultades mentales.

Suena descabellado, ¿no?. ¿Significa que cualquier cosa que me invente es tan válida como una explicación basada en evidencia? No, esa definitivamente no era la idea, y podemos hacer un pequeño caso de estudio para poder entender más claramente.

II

¿Cuál es la diferencia entre la ciencia y la brujería? La respuesta fácil, de nuevo, es que la ciencia como tradición se basa exclusivamente en la evidencia y el método científico, mientras que la brujería no.

Pero no es verdad. La brujería, en su concepción más moderna, la wicca, cuenta con saberes y prácticas de la medicina herbolaria que se siguen practicando hasta el día de hoy, e incluso han desembocado en medicinas usadas por la medicina alópata. Es decir, la ciencia utiliza conocimientos desarrollados por las brujas, algo que no es comúnmente mencionado. La razón de que esto sea poco discutido es que la ciencia no puede integrar dentro de su discurso conocimiento de tradiciones no-científicas. Los saberes de las brujas no fueron descartados por «poco científicos», sino porque fueron desarrollados por una comunidad marginada de mujeres que en su mayoría eran solteras o viudas:

Como las curanderas muchas veces podían curar lo que los doctores no, comenzaron a quejarse de la competencia. Los sacerdotes también se vieron retados por las mujeres que heredaron las recetas paganas para crear mezclas medicinales que funcionaban sin la religión o a pesar de ella. Y cuando una mujer se hacía tan autosuficiente como para vivir sola en su reino de plantas, los hombres en general se sentían intimidados por su falta de dependencia. Así que naturalmente la solución fue adjudicar su éxito a una relación con el diablo que aseguraba su muerte en el fuego. (Fuente)

En su tiempo fue más importante la subyugación de un género que considerar valioso el conocimiento que habían pasado generaciones acumulando. Y aunque no se formó a través de estudios científicos en grandes laboratorios, es imposible negar que sus remedios salvan vidas. 

III

¿Podríamos decir entonces que la brujería sólo es conocimiento científico disfrazado bajo otro nombre? ¿No podemos mejor extraer ese conocimiento y dejar de fuera todos los elementos de su tradición que se salen de lo científico?

Justamente ese es el problema, todo se puede poner en términos científicos. Eso no significa que esa sea la única forma en que deberíamos de hacer sentido de nuestra experiencia en el mundo. No hay ninguna razón por la que no podamos tener perspectivas distintas. El problema, me parece, es que como la ciencia ha tachado de inservible todo lo que no es ella misma, y las personas le hemos creído, las demás perspectivas no se han esforzado, o no han tenido la oportunidad de crear una visión coherente de la realidad.

Aún más, no podemos reducirlo a su aspecto práctico. La brujería no es valiosa para quienes la practican sólo por sus remedios medicinales. También es una cosmovisión que les permite vivir con valores como la cercanía a la naturaleza, la vida comunitaria, sobretodo entre mujeres, y darse espacios para tener prácticas espirituales que las apartan del tedio cotidiano. 

Vale la pena preguntarnos entonces, para qué sirven tanto la ciencia como la brujería. Yo me aventuraría a decir que no tienen que servir de nada. Por supuesto que hay campos de investigación cuyo impacto en el mundo es casi inmediato, pero hay muchos otros que perseguimos sencillamente porque queremos adquirir conocimiento.

Si nuestra idea de la ciencia sólo explicara los avances científicos que tienen un aspecto práctico, estaríamos ignorando gran parte de lo que realmente compone a la ciencia. Es lo mismo con la brujería. No todo lo que hace tiene que ser práctico para que sea una forma válida de conocimiento y de explicar al mundo.

IV

Un problema grande para llegar a la visión de Feyerabend recae en las instituciones educativas, que en vez de presentar al conocimiento como complejo y multifacético, lo simplifican y propagan mitos sobre la ciencia como separada de la historia y la metafísica. Así como a la ciencia y a sus métodos se les da un estatus privilegiado, «a sus resultados le son automáticamente asignados una autoridad cognitiva y credibilidad cultural que es negada a otras tradiciones y materias». Esto no significa que Feyerabend quisiera cambiar la astronomía y la química por la astrología y la alquimia, sino que para tener una educación verdaderamente humanista, se deben de incluir estas tradiciones para dar una mirada honesta al proceso a través del cual adquirimos conocimiento.

La racionalidad bajo la cual opera la ciencia ha cambiado a través del tiempo, y es cualquier cosa menos objetiva. La conclusión de Feyerabend es clara, «no hay una racionalidad única, y depende de nosotros elegir la que más nos guste». Aunque esto pueda inquietarnos, por miedo a que se abra la puerta al caos y la arbitrariedad, la realidad es que actuamos así de todas maneras. La racionalidad no es algo que le da forma a un mundo caótico, sino que es en sí mismo un material formado por caóticas decisiones personales. Cada uno debe determinar los estándares que quiere seguir.

Dicho esto, hay que recordar que la ciencia no es la enemiga. Los científicos, como todas las personas que amamos aprender sobre el universo, comienzan con preguntas de asombro, y el trabajo que hacen tiene un valor incalculable. Si queremos un cambio de paradigma en cuanto al conocimiento que consideramos válido, no se trata de rechazar a la ciencia, sino quitarla de su lugar como opción única e incuestionable. También es responsabilidad de las otras perspectivas el volverse opciones viables. Es indispensable para que funcione que la brujería, o el budismo o cualquier otra forma de ver el mundo, puedan voltear a la ciencia y tomen lo que la ha hecho tan exitosa: estar dispuesta a actualizarse constantemente para tener mejores formas de explicar nuestra experiencia. 

Para saber más

Este gran artículo de Salon

El blog de la filósofa Raisha

Una breve historia de la brujería

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