Sobre la opresión social

La desigualdad genera opresión social. Las personas que viven al día son aplastadas por un sistema que no les deja florecer y tomar parte en todas las maravillas humanas que nos dan alegría y nos permiten dejar nuestra marca en el mundo. El sistema en cuestión se escuda con una retórica que dice recompensar a quienes lo merecen por su esfuerzo, pero en realidad sólo quita a los que de por sí tienen poco, y da más a quienes ya  poseen todas las riquezas. Es un vestigio de la esclavitud que la humanidad cree haber superado.

Cómo podemos hablar de libertad, si vivimos con miedo de perder nuestras casas, de quedarnos sin comer si dejamos de trabajar un solo día. Cómo podemos hablar de autodeterminarnos, si no podemos trabajar en lo que nos hace sentir vivos, por miedo a morirnos.

Vivimos en un sistema que permite a unos pocos retener cantidades estúpidas de dinero y poder. A otros tantos vivir cómodamente con la condición de que cedan casi toda su vida para enriquecer a los primeros. Todo esto, a costa de la mayoría de las personas, que se encargan de atender las necesidades básicas de los que tienen dinero, pero que se les niega el acceso a los elementos esenciales para su desarrollo y tranquilidad, y encima intentamos esconderlas y hacerlas invisibles.

Todo esto se sabe. No es un secreto que este país vive en la pobreza. No tengo que hacer mucho para confirmarlo. Salgo de mi casa y doy una vuelta a la manzana. No me toma mucho tiempo encontrarla. Nada de esto es un secreto. ¿Qué hago?

Para comenzar a pensarlo, tengo que ver mis opciones, entonces la pregunta se vuelve: ¿qué puedo hacer? La opción más clara, si me lo tomo en serio, sería donar todo el dinero que gane y dedicar mi vida a erradicar la pobreza y la desigualdad. No voy a hacer eso. Y sabes qué, está bien. No necesito despojarme de todo lo que disfruto de la vida y entregarme a una causa colectiva para tener valor como individuo.

Pero aún así quiero hacer algo. Sé que yo no puedo detener la máquina trituradora que convierte vidas en productos y en ganancias para los inversionistas. Sé que la esclavitud que nace a raíz del sistema capitalista neoliberal es el problema más grande de nuestros tiempos.

También sé que existe una alternativa. Tenemos los recursos suficientes para vivir en abundancia, y sin desperdiciar nuestras vidas en trabajos inmundos. Si de verdad quisiéramos, nadie tendría que pasar hambre, ni dormir en las calles. Pero no depende de mí, los que no tenemos poder solo podemos ver impotentemente cómo la maquinaria de la opresión sigue girando.

Sólo he encontrado a una persona que piense con la profundidad y compasión suficiente para encarar este problema, y sus conclusiones no son muy optimistas. Ésta es Simone Weil en su libro Reflexiones sobre las causas de la libertad y de la opresión social:

En una situación así, ¿qué pueden hacer los que aún se obstinan, contra viento y marea, en respetar la dignidad humana en sí mismos y en los demás? Nada, salvo esforzarse en desacoplar un poco los engranajes de la máquina que nos tritura; aprovechar la menor ocasión de despertar un poco el pensamiento dondequiera que sea posible; promover todo lo que sea capaz, en el ámbito de la política, la economía o la técnica, de dar aquí y allá al individuo una cierta libertad de movimientos en el interior de las cadenas que le impone la organización social. Es algo, desde luego, pero nada del otro mundo.

Nuestras manos están atadas. Todo lo que somos capaces de hacer no puede aliviar el sufrimiento sistemático ni derribar las opresiones que llevan siglos consolidándose. Eso significa, para mí, que organizarnos, aunque no pueda llegar a  liberarnos, sacude un poco las cadenas que nos aplastan, y nos da un poco más de espacio para movernos. Significa que la educación, si la hacemos bien, puede también ser parte de esa sacudida.

No tengo el poder para que todos tengan acceso a agua, y comida, y una casa. Mucho menos a educación y atención médica. Pero sé que la vida será tanto menos inhumana cuanto mayor sea la capacidad individual para pensar y actuar. Puedo empezar por ahí. Podemos empezar por ahí. Es algo, desde luego, pero nada del otro mundo.

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