De una isla a otra

Comencé este blog en el 2016 porque quería un espacio para escribir. Realmente sólo buscaba eso, un lugar donde tuviera que trabajar lo que escribía lo suficiente para mostrarlo a mis amigos sin miedo. En su mayoría sigue siendo eso, para mis amigos y gente que me conoce, aunque a veces llegue una que otra persona del torbellino del internet para leerme. Pero aunque las que me leen sean más o menos las mismas personas, la razón por la que escribo cambió dramáticamente desde que inició este proyecto. Una forma en que he llegado a pensarlo es que Pequeñas avalanchas es un reflejo de mi desarrollo y mi estado mental.

Después de que pasé la mayor parte de dos años escribiendo sobre series y películas, me empecé a sentir muy desconectado del ejercicio de escribir únicamente sobre el trabajo de otras personas. Además del deber que sentía de escribir reseñas en formato de reseña (o sea vean este wannabe A. V. Club). Y aunque con el tiempo comencé a escribir más como yo, seguía sintiendo una gran distancia entre lo que escribía y lo que quería escribir. Así que a finales del 2018 tuve que replantearme qué quería hacer con mi tiempo en el mundo, y como consecuencia, qué quería hacer con este espacio.

Probablemente no los hayan leído, o tal vez sí, pero después de ese replanteamiento escribí algunos de los textos que más orgullo me han dado en la vida. No sé nada sobre la calidad técnica o literaria que puedan tener, pero eran honestos, y muy valiosos para mí. Todo lo que escribí en ese periodo buscaba responder preguntas importantes que yo tenía sobre mi vida. ¿Quién soy? ¿qué quiero hacer en el mundo? ¿para qué escribo?

De todas las preguntas, la que aún no logro descifrar es la última. Sé que principalmente es para mí, para aclarar mi cabeza y porque amo el proceso de poner mis ideas en palabras. Es como un rompecabezas que poco a poco vas armando en un hermoso proceso de descubrimiento.

La segunda razón es que, aunque no siempre quiera admitirlo, quiero que me lean. De otra forma se quedaría todo esto en mi diario y tan tan. Y es en esta segunda parte donde no entiendo bien qué busco. ¿Quién quiero que me lea? ¿para qué quiero que me lean? La verdad es que por más que busco no encuentro respuestas a estas preguntas. Al menos no respuestas que me satisfagan. Esta es la idea a la que he llegado: me gustaría que un Emiliano que no conozco, pero que se pregunta las mismas cosas que yo encontrara mi blog. Si tiene once años o cuarenta y cinco, no hace diferencia, quiero que sepa que hay otras personas que tienen las mismas preocupaciones y que pueda leer mis intentos por encararlas. Incluso si no le gusta la forma en que lo hago y tenga que inventarse las propias, me parecería increíble.

Lo que no me queda claro, y tal vez nunca lo haga, es si esos Emilianos existen, o si son pocos o muchos. Por lo que sé todas las personas podrían tener las mismas inquietudes que yo, sólo que no los veo. Cada quién está atrapado en su isla. 

Con todo eso en mente, escribir siempre ha sido un acto de fe. Una de las primeras cosas  que escribí fue sobre el Voyager, ese mensaje en una botella que lanzamos al mar cósmico sin ninguna garantía de que alguien lo pueda entender o incluso de que lo encuentre.

Tal vez es lo único que podemos esperar de cualquier tipo de empresa creativa. Esperar que alguien, algún día, encuentre nuestra botella, y que confíe lo suficiente para abrirla y leer el mensaje dentro. ¿Qué tanta confianza se necesitará para escribir una respuesta y lanzarla de regreso al mar?

Me da miedo estar escribiendo para nadie. Que mis mensajes se hundan al fondo más inhóspito del mar y nunca sean recuperados. No porque tema que un valioso mensaje se pierda, sino porque nunca van a llegar a la persona que lo escribió. Para eso son, ¿no? Para que den conmigo. 

Me gustaría mucho cerrar con algo de esperanza. Espero que me crean que intenté hacerlo, pero no puedo, porque no la tengo. Más que una fe inamovible, mi virtud es la terquedad. Voy a seguir escribiendo y tratando de que mis mensajes les lleguen. Y tal vez ni siquiera para que me encuentren, sino para que sepan que hay alguien más que también está perdido. 

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