Nuestro trauma compartido

La verdad es que el sismo del 19 de septiembre de 2017 no me hizo nada. Se cayeron algunas cosas del librero, pero nada más. No perdí mi casa como otros, no perdí a alguien como algunos. Mi edificio ni siquiera fue dañado como el de muchos. A mí no me pasó nada. Entonces, ¿por qué me sentía tan de la chingada?

Meses después de que ocurrió yo seguía aterrado. No podía dormir, porque el ruido más ligero me hacía despertar en un estado de pánico total. Tenía sentido, porque ya había ocurrido que me despertara la alerta sísmica y debía salir corriendo para bajar los cinco pisos del departamento donde vivía. Pero eso no lo hacía más fácil, me sentía cansado por no dormir, y bajo un estrés constante. Podrá sonar como algo menor, pero incluso no podía usar audífonos dentro de mi casa porque comenzaba a ponerme nervioso.

Lo que más me llama la atención, en retrospectiva, es que en todos esos momentos de estrés no estaba pensando en el sismo que había vivido, ni en los próximos que pudieran ocurrir. Sólo lo sentía sin estar totalmente seguro de por qué.

No fue hasta que por accidente encontré un servicio gratuito de apoyo psicológico para los afectados por el sismo que mi situación cambió. Me conectaron por medio de un chat con una psicóloga. Se llamaba Diana, creo. Le conté mi situación y que me sentía muy bobo por estar pidiendo ayuda sin que me hubiera pasado nada. Me aseguró que era normal lo que yo sentía, y dijo que aunque no me había pasado nada físicamente, no significaba que no estuviese experimentando algo.

Me puso un par de ejercicios para que me relajara. Primero debía estirarme e intentar tocar el techo con la punta de mis dedos, y después intentar tocar las paredes de mi cuarto. Lo hice y sentí cómo toda la tensión acumulada de las semanas pasadas se iba y me relajaba un poco. Me solté a llorar por un rato. Entre lágrimas le dije a Diana que necesitaba ayuda, y ella en toda su sabiduría, me mandó a terapia.

El punto de contarles todo lo anterior es porque la pandemia nos ha colocado en una situación muy similar y no todos nos hemos dado cuenta. Para los que tenemos la fortuna de quedarnos en casa y que esa sea nuestra mejor forma de ayudar a que no se esparza el virus, en apariencia podría ser una bendición tener tanto tiempo libre. Incluso para los que hacen home-office, de repente hay más horas en el día que no son usadas en transporte o arreglarse para la oficina.

Gracias a eso, he visto muchos posts en redes sobre aprovechar la cuarentena para hacer proyectos que siempre hemos querido hacer pero no hemos podido por falta de tiempo. Siendo justos, también he visto muchos (tal vez más), sobre que eso es una pendejada porque estamos en una pandemia y la productividad no es tan importante cuando se vive un trauma colectivo de esta magnitud.

Se rompe nuestra estructura cotidiana que nos permite convivir en comunidad y relacionarnos de manera natural. Vivimos una fuerte incertidumbre económica y muchos perdimos proyectos a futuro que nos emocionaban. Tenemos miedo de que nuestros familiares o amigos más vulnerables se contagien. Y cada día escuchamos de más casos de muerte alrededor del mundo.

No sólo es normal no ser cien por ciento productivo, sino que, aunque no nos demos cuenta, todo esto nos pesa emocionalmente y necesitamos atravesar el luto de haber perdido nuestra vida normal y nuestros planes para el futuro, al menos por el momento. Es normal sentirse triste, o desconcentrado. Y lo más importante es que ni siquiera tenemos que estar pensando en la pandemia para que nos afecte. Podemos sentirlo sin que conscientemente conectemos las razones de por qué nos sentimos así.

Hay que darnos la oportunidad no sólo de aceptar nuestro dolor, sino de experimentarlo.  De entender que no estamos encerrados por elección propia, sino porque el mundo está atravesando algo difícil e individualmente no tenemos el poder para solucionarlo. De sentir el dolor de estar aislados de las personas que queremos, porque aunque podamos estar comunicados por medio de internet, nos faltan los abrazos y cariños a los que estamos acostumbrados.

Por mi parte, hay días donde siento una energía increíble, y que ésta es una oportunidad para profundizar en mis intereses. Otros días no tengo ganas de hacer nada y paso horas acostado o viendo series. Ambos días son míos, pero ninguno me define. Estar triste o desganado sólo representa un conflicto si nos negamos a estar en armonía con lo que sentimos. No todos tenemos una Diana que nos indique el camino al inicio, pero aunque nuestra habilidad para acudir a profesionales en persona haya sido severamente disminuida, siempre podemos pedir ayuda a las personas que nos quieren. Al menos podemos hacer eso el uno por el otro.

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