Educar desde la autenticidad

La facultad de filosofía y letras de la UNAM fue tomada hace cuatro meses y aún sigue en paro. La situación nos ha forzado a preguntarnos cuál es el punto de la educación, pues al vernos fuera de clases y bajo la consigna administrativa de terminar el semestre sujetos a evaluaciones que no pudieron ser un reflejo de nuestro trabajo, sino un trámite más que fue usado como moneda política, debemos reflexionar sobre si queremos ser parte de esta visión educativa que ve al aprendizaje como una transacción donde te certificas y nunca como una vía para tener una vida y carrera que satisfagan lo más profundo de nuestros espíritus.

La educación, especialmente la humanista a nivel universitario, debe enseñarnos no sólo a conseguir empleos, sino a habitar el mundo de manera completa.

Tenemos esta idea torcida de que las personas sólo servimos para hacer lo que estudiamos en la carrera. De que si una persona quiere escribir debe ser escritora, o si quiere pintar debe ser pintora, o si se es ingeniero entonces no se puede ser otra cosa. La verdad es que los humanos tenemos una capacidad creativa impresionante, y la ambición suficiente para emprender proyectos variados, pues somos multifacéticos.

Sin embargo, no vemos estas verdades reflejadas en nuestro sistema educativo. En lugar de buscar esta educación profunda, nos conformamos con instruir y que nos instruyan. La diferencia entre esto y educar es que instruir tiene un objetivo concreto; aprender una receta, utilizar un método específico, yo qué sé. Educar es más profundo, y está relacionado no sólo con las capacidades físicas e intelectuales de los estudiantes, sino con sus espíritus.

En Encouraging Authenticity and Spirituality in Higher Education, los autores proponen una perspectiva educativa que incorpora el desarrollo de la espiritualidad como parte de sus objetivos. Por espiritualidad no entendemos una visión religiosa específica, sino los valores más profundos que acompañan las vidas de los estudiantes, como su crecimiento continuo, su sentido de pertenencia, y el propósito de sus vidas:

La forma en que uno o una define su espiritualidad o, si lo prefieres, sentido de significado y propósito en la vida, no es la cuestión. Lo importante es que la academia por mucho tiempo ha promovido vidas fragmentadas e inauténticas, donde actuamos como si no fuésemos seres espirituales, o nuestro lado espiritual fuese irrelevante a nuestra vocación o trabajo.

Vivir de manera fragmentada es un problema y nos causa dolor. Recuerda cómo fue toda tu educación. Desde la primaria y pasando por todos los grados escolares te llenaban de materias a las que no les veías sentido. Porque cada estudiante tiene fortalezas y debilidades, intereses y predisposiciones que podría aprender a manejar, en lugar de forzarse a encajar en un molde que le dice que sus particularidades no importan.

¿Cómo podemos educar respetando las diferencias individuales de los estudiantes e incluso alentándolas? Es importante tomarnos en serio esta pregunta porque somos nosotros mismos siempre, no sólo en la escuela. Y la forma en que vemos el mundo y a nuestra relación con él, guía nuestras acciones en cada momento de nuestras vidas. La respuesta, creo, está en buscar una educación que valore la autenticidad de forma consciente y la busque deliberadamente.

Ser auténticos significa confiar en que los estudiantes quieren aprender y explorar el mundo, aunque no siempre coincida con nuestra rigidez de tiempo y temario. Significa desarrollar el pensamiento crítico de una manera íntima y dejar que escriban desde su vida y no desde una objetividad académica que no dice nada. Significa dejar de instruir para pasivamente aceptar un sistema que explota la labor indiscriminadamente y ofrecer un espacio para cuestionarlo de tal forma que cuando valoremos lo que queremos ser en el mundo nuestra lista de prioridades no empiece y termine con dinero, sino con algo más profundo. Significa poder conectar el proceso que se vive en el salón de clases con lo que ocurre fuera de él.

Si seguimos con el modelo educativo actual, vamos a continuar con una visión del trabajo que lo reduce a una fuente de dinero. Sí, un trabajo, el que sea, debería proveernos los elementos para vivir sin preocuparnos por dónde vamos a dormir, si vamos a comer mañana, o qué sucede si enfermamos. Pero también debe ayudar a realizarnos como personas y ser coherentes con lo que queremos hacer en el mundo:

La clave está escondida en la palabra vocación, que proviene del latín para “voz”. Vocación no significa una meta que persigo. Significa un llamado que escucho. Antes de decirle a mi vida lo que quiero hacer con ella, debo escuchar a mi vida diciéndome quién soy. Debo escuchar las verdades y los valores en el centro de mi propia identidad. No los estándares por los que debo vivir, sino los estándares que no puedo evitar vivir si estoy viviendo mi propia vida.

El problema es que nos aterra crear espacios para escucharnos. Nos aterra detenernos a cuestionar si existen formas de vivir en el mundo que nos dejen sobrevivir sin hacer más daño a nuestras comunidades para explotarlas. Nuestra educación se basa en que nos entrenen para acomodarnos a este juego sin cambiarlo. Bell hooks, en su libro Teaching to Transgress, habla del potencial que tiene la educación para liberarnos, pero sólo funciona si entendemos cómo lo que sucede dentro del aula es configurado por lo que sucede afuera:

La mayoría de nosotros aprendió a enseñar emulando este modelo. Como consecuencia, a muchos maestros les incomodan las implicaciones políticas de una educación multicultural porque temen perder el control en un salón de clases donde no hay una sola manera de abordar un tema, sólo múltiples vías y múltiples referencias. (hooks 35-36)

La facultad de filosofía y letras es, a fin de cuentas, una comunidad de aprendizaje, y lo que todos compartimos idealmente es el deseo de aprender. De recibir activamente conocimiento que mejore nuestro desarrollo intelectual y nuestra capacidad para vivir de manera más completa en el mundo. Pero no aplica sólo para nuestra facultad. Cualquier estudiante que reciba una educación completa aprende a utilizar sus herramientas para cambiar lo que no le gusta del mundo. Funciona en lo individual y en lo colectivo.

Por eso la facultad ha podido resistir agresiones, manipulaciones y presión mediática. Porque las compañeras entienden que la facultad por sí misma no ofrece educación. Eso sólo puede ser un esfuerzo colaborativo que no sucede en una clase si la presencia de tu agresor te deja confinada al silencio.

Debemos entenderlo porque no sólo los maestros enseñan, y el aprendizaje no sólo sucede mientras estás en la escuela. Nuestras relaciones se basan en aprender mutuamente unos de otros y siempre está sucediendo.  Toda la vida estamos en constante aprendizaje, y es nuestra responsabilidad asegurarnos de que ese aprendizaje nos libere. Y nunca que sea un medio para generar más opresión.

 

Si eres un educador y te interesa adoptar estrategias concretas para desarrollar la autenticidad dentro del salón de clases, puedes consultar Teaching What Matters Most.

 

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