La ciudad escondida

Después de su larga ausencia, el viajero llega a Tenochtitlan. Ciudad donde las apariencias se empeñan en ahogar los espíritus que llevan dentro, pero nunca logran silenciarlos. Donde si uno se descuida es despojado del alivio de volver a casa guardado en su billetera. El viajero camina por las avenidas  laberínticas y ve a los puestos de la calle brindar un hogar ambulante a quien se encuentra lejos del suyo, recintos con ruedas donde de los símbolos nacen estómagos sonrientes. Pero si uno se queda en la superficie puede llegar a perderse entre las calles y desconfiar de sus anfitriones. Dentro de la multitud que camina indiferente, ve al muchacho de la guitarra intentando tocar al cielito lindo con la punta de sus dedos, pero sin estirar su brazo y el viajero entiende que a esta ciudad le faltan muchas estrellas y algunas chinampas. No es la ciudad que busca, el aire transparente ya no existe. 

Le da la espalda, ignorando que no se ha equivocado. Tenochtitlan descansa atrapada bajo su abrigo de edificios y sin mantener su curiosidad al margen. Se asoma por donde puede y a veces le gusta lo que ve. Cualquiera que recorra sus calles se da cuenta al escuchar los gritos de guerra por las mañanas, justo a la hora de salir por el gas. O al ver que el número babélico de lenguas que la habitan se esconde bajo una simulación mediocre de unidad lingüística. O cuando no distingue si el conjunto de piedras grises a la distancia pertenecen a ruinas antiguas o a un edificio de departamentos en construcción. Se da cuenta al ver a esa mujer que olvida, terca, si busca la tumba de Cuauhtémoc o la estación de metro más cercana.

El viajero se aleja de la ciudad, pero no consigue escaparla. Las calles continúan trenzándolo en lo que parece un camino infinito que va en círculos y lo regresa al corazón de la ciudad una y otra vez. El viajero anochece junto con la ciudad, y frente a un escaparate vacío, donde la luz de la calle no es tan cegadora, se acuesta y cierra los ojos, mientras tiembla de frío. Envuelto en una oscuridad autoinflingida, Tenochtitlan por fin le abre sus puertas.

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