Los aretes

Un último espectro acechaba la mente del muchacho que iba sentado en el metro. No había nada que lo siguiera conectando a ella, sólo un esfuerzo necio y constante para no olvidarla, y el arete de perla que él guardaba en su mochila ante la posibilidad de encontrarla en el viaje en metro que tomaba a diario. Ese fantasma en su cabeza lo había creado él mismo, pero daba igual, no había quién lo exorcizara.

Oculto en la bolsa más pequeña de su mochila, dormía todo lo que pensaba devolver algún día si tuviese la oportunidad: un carnet de conducir encontrado en una ciudad poco frecuentada, una tapa de refresco que hace media década pudo haber sido intercambiada por un premio, un beso inesperado (pero deseado) que no tuvo la amabilidad de regresar, muchos centavos de la suerte que seguro tenían un dueño preocupado en una búsqueda perpetua, y un arete de perla olvidado por un amor distraído. 

Entre bostezos extrae el arete de la oscuridad mochilezca y lo coloca en su mano. Imagina qué pasaría si se llegaran a encontrar. Ella estaría feliz de verlo, y él balbucearía unas palabras con su mano extendida y sosteniendo frente a ella el arete extraviado. Sorprendida del fervor con el que fue guardado tanto tiempo, se preguntaría a sí misma si aún conservaba la otra pieza del par. Seguirían hablando, olvidando que tenían que ir a la tintorería, o a devolver un libro a la biblioteca, e irían a una cafetería presos de un pasado asfixiante. 

Pero no se encuentran. Él sigue sentado entre la gente con el arete en su mano. Mira a sus costados y ve otros personajes distraídos como él. Vuelve a mirar el arete y ríe. Nunca hubo tal aparición. Lo tira antes de bajar del metro, aún riendo. No deja de reír desde entonces. 

A unos pocos asientos, una niña ve el arete tirado y recuerda la voz de su madre diciéndole que no levante cosas del suelo. ¿Pues de dónde más las voy a levantar?, piensa, mientras se acerca al pedacito de mar. Antes de tenerlo en sus manos se detiene, ahora con otro pensamiento. Decide dejar el arete en el suelo, con la esperanza de ayudar al poeta en su búsqueda de inspiración. No al poeta cuya existencia es desconocida, y permanece sentado al otro extremo del vagón en busca de palabras para describir lo que ya ha sido descrito de tantas otras maneras. No, ella piensa en el poeta abstracto, sublime, inexistente, y por lo tanto, más poeta que los demás. El poeta que esconde una angustia profunda en su corazón, el hombre infeliz cuyos labios al formar un suspiro o un llanto, suena como una encantadora melodía, que ella teme nunca escuchar.

El brillo del arete reclama muchas miradas, pero ninguna lo toma. No lo hace un muchacho para mostrárselo a su novio, porque para alcanzarlo debe cruzar a un león cuya familiaridad lo hace esconderse. Tampoco el viejo que en el arete ve el recuerdo de su esposa alejarse junto con el último vagón de la noche. No lo toma el hombre de melena bermeja, que guarda un diario gastado bajo un brazo y la esperanza del perdón bajo el otro. No lo tomas tú. No puedes quitárselo al pintor que en él encontraría la belleza que cree que es su destino capturar. No puedes quitárselo a la niña y olvidarlo en un cajón. No puedes quitárselo al mendigo que aún no se da cuenta que está a unos pasos de él. No puedes tomarlo tú y despojar al arete de sus posibilidades. También bajas del metro, las puertas se cierran detrás de ti.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s