Mi vida de Starcraft

Desde pequeño me han gustado los videojuegos. Y aunque nunca me he reconciliado con la identidad de gamer, siempre los he jugado. Los primeros eran del Nintendo 64 y debía acudir a mi tía Perla o a mi hermano Eliseo para que me ayudaran a pasarlos. Así pasé (pasamos) el Ocarina of Time, Mario 64, Donkey Kong 64 y algunos otros.

Un día, por ahí del año 2000, a mi hermano le prestaron un juego como ninguno que yo había conocido hasta entonces. Era un juego muy complicado sobre batallas en el espacio. Era, como mi título probablemente puede hacerte intuir, Starcraft: Brood War. Pasé horas y horas completando las campañas y jugando contra la computadora usando sólo el mouse, y aún más tiempo diseñando mis propios mapas en el editor. En esos años jugar en internet estaba fuera de nuestras posibilidades, pero no lo necesitábamos.

Rápidamente nos dimos cuenta de que nadie más conocía el juego aparte de nosotros. La persona que nos lo había prestado se mudó o algo y desapareció de nuestras vidas, así que el juego también lo hizo.

Algunos años después mis amigos consiguieron Age of Mythology, un juego muy similar en concepto, y aunque también pasé mucho tiempo jugando con ellos en lo que ahora sé que se conoce como LAN party, nunca fue lo mismo.

No volví a sentir la misma chispa de intensidad hasta que conocí la emoción de jugar competitivamente el Halo 3 en el Xbox 360. Fue la primera vez que recuerdo haber sido consciente de querer mejorar en un videojuego. Lo jugaba con mis amigos y con mis hermanos, y era fantástico.

Lo que le faltaba a mi experiencia con Age of Mythology era eso. No tenía formas de mejorar, sólo a veces ganaba y a veces perdía sin entender bien por qué.

Un día, por ahí del 2009 le dije a un amigo, como siempre hacía, que si quería jugar Halo 3, y me dijo “Wey, no quiero jugar, ¡quiero ir a tomar!” Estábamos en prepa y sabía que era el fin de la era de juntarnos a jugar Xbox. Al menos de la forma en que lo hacíamos antes.

Después de eso pasé mucho tiempo sintiendo culpa por jugar videojuegos. Aún lo hacía, pero siempre con otras personas y nunca en mi tiempo libre. Porque jugar videojuegos es una perdida de tiempo, ¿no? Algo que haces para convivir con tus amigos y no algo que te tomas en serio durante tus ratos de ocio.

Pasaron años así hasta que en el  2017 mi entonces roomie me preguntó:

-¿Haz jugado Starcraft?

-Sí, cuando estaba chiquito.

-Nombre, ya sacaron el segundo y está bien chido. Deberías bajarlo.

No se dijo más. Descargué el juego y volví a descubrir una parte de mí que estaba olvidada. Es difícil explicar cuál es esa parte, así que debo contarles un poco sobre Starcraft II.

Imagínate un ajedrez con más piezas pero que no están limitadas por casillas, y en lugar de turnos, debes tomar decisiones en tiempo real mientras tu oponente hace lo mismo. Reemplazando a las piezas blancas y negras existen tres razas con habilidades y mecánicas diferentes entre las que puedes escoger, cada una con sus fortalezas y debilidades.

Es un juego complicado donde suceden muchas cosas al mismo tiempo. La forma en que lo he explicado antes es que es un juego que está constituido por muchos mini-juegos. Está el mini-juego de obtener recursos, el de construir unidades para atacar, el de defender tu base, el de ver lo que está haciendo tu enemigo y reaccionar adecuadamente, el de controlar a unidades individuales para maximizar su utilidad. Mucha gente lo encuentra abrumador.

Reencontrarme con Starcraft me ha permitido mejorar no sólo estrategias dentro del juego o la sincronización entre mis ojos y mis manos, sino la capacidad de seguir encontrando maneras de aprender y de mantener una actitud constructiva aunque pierda 15 juegos seguidos. Podrá escucharse ridículo, porque “es un juego solamente”, pero me siento orgulloso del tiempo que le he invertido y de lo mucho que he mejorado. Ya que si pierdes en Starcraft es exclusiva y absolutamente tu culpa. No hay elementos de suerte, o un árbitro que falle en favor de tu oponente, sólo tu habilidad y capacidad para planear y ejecutar estrategias. De la misma forma, cuando ganas, la responsabilidad es totalmente tuya y nadie te la puede quitar.

Pensándolo así, se vuelve más evidente por qué Starcraft me parece un juego tan bello. Para ser bueno se necesita la profundidad estratégica de un Grandmaster de ajedrez, la destreza y coordinación motriz de un músico, y la inteligencia emocional para experimentar derrotas constantes y diarias.

Si algo me queda claro gracias a Starcraft es que fallar está bien. Es parte del proceso. Cada derrota te apunta en la dirección de tus debilidades y te da la oportunidad de mejorar si prestas atención.

Ya no me da pena jugarlo, y como diría Day 9: I love that I love Starcraft. Ha sido crucial en mi crecimiento y para darme cuenta de qué tipo de pasatiempos y gente me gusta. Este fin de semana voy a estar tuiteando sobre las finales mundiales que se van a jugar en California. Véanlas y enamórense de mi juego.

 

Un comentario en “Mi vida de Starcraft

  1. A mi no me ha atrapado Starcraft, pero si otros juegos como Mario, Castlevania, Crash, Starfox, Battletoads, Contra, Assasins Creed, God of War,, MK, Fifa, Just Dance, Uncharted de consolas hasta Plantas vs Zombies, Tetris, cartas o los que traían los celulares entre sus juegos. Sin ser gamer puedo decir que muchas de las nuevas producciones filosóficas se aplican en videojuegos, anime o series, por lo que valdría la pena una reflexión mayor de Starcraft

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