Mi exotismo colonial

Soy mestizo. Desde que nací me lo han dicho. Mi piel es algo clara, pero no soy blanco. Sé en dónde nacieron mis abuelos, pero antes de eso, nada. Más que un mestizaje, sufrí una desindigenización porque provengo de una mezcla entre el colonizador blanco del que conozco nombre, patria y cultura, y un colonizado totalmente desconocido. Al no entender mis raíces, mi cultura es fragmentada y distante. Debe ser universal y gringa porque lo local no me habla. No sé qué tenga Tamaulipas para decir, pero su voz nunca llegó a mí.

Por mucho tiempo intenté absorber las migajas de la cultura europea sin éxito. Me llené de ideas y símbolos maravillosos, pero no eran míos. No pueden ser míos porque no están vivos en mi comunidad. Aunque algunos individuos los carguen arduamente, llegan muertos al suelo mexicano. Esa es la condena del colonizado.

Para mí ha sido difícil generar una identidad propia a partir de la cual me pueda expresar y hacer arte. Mi acercamiento forzoso a la cultura europea me impuso una escala de valores ajena, que me hace sentir como extranjero hacía mí mismo y alienado de mi propia identidad. Tengo un cuerpo moreno, pero pienso a través de ideas blancas.

Esa disociación del espíritu con su realidad material provoca lo que René Ménil llama exotismo colonial. Las costumbres, tradiciones y cotidianidad de America Latina me parecen indescifrables y misteriosas, pues las veo a través de una visión de mundo europea:

Yo me veo extranjero; yo me veo exótico. ¿Por qué? Porque “yo” es la conciencia; “el otro” soy yo. Yo soy “exótico para mí”, porque mi mirada de mí mismo es la mirada del blanco vuelta mía después de tres siglos de condicionamiento colonial. El exotismo -el modo de expresión antillano cuando relata su vida en la literatura o en la pintura- expresa la escisión y el destierro. Esta expresión es superficial y falsa.

Lo anterior lo dijo René Ménil sobre las Antillas, pero hoy, en México, lo siento en mí.

El exotismo colonial infesta al arte que produzco desde dentro, y lo vuelve incapaz de explorar a profundidad los problemas e inquietudes que mis particularidades me permitirían indagar mejor que nadie. Al verme a mí mismo como exótico no llego a sobrepasar la superficialidad con la que otros me ven, y los sentimientos profundos donde el arte exige vivir, me eluden. La colonización dejó en mí una desconexión profunda con mi propia materialidad. Si yo mismo no me identifico con mi ser e identidad, nadie más será capaz de hacerlo.

La propuesta de Ménil para superar al exotismo colonial y generar una propuesta estética autocontenida comienza por crear una relación conmigo mismo. Debo primero reconocer mis propias pasiones y mis propios sueños en términos que me sean significativos, y no pensando en si resonarán en Europa y conseguiré por fin mi validación. Más bien, son significativos porque me identifico con ellos de manera íntima, y están presentes en mi relación con el mundo. Sólo así se llega al verdadero objetivo: conmover al otro. Ese otro que se puede encontrar en todas partes y no sólo en Europa, porque ya no es necesario buscar ni su aprobación en particular, ni rebelarse, porque ya no dependo de un colonizador para darme identidad.

Los cuentos de Ana Lydia Vega son una mirada esperanzadora de lo que puede ser esta literatura propiamente mía y latinoamericana. Su hogar, Puerto Rico, ha sido marcado a lo largo de su historia por dos colonizaciones que ahora existen en su lenguaje y en su gente; la de España y la de Estados Unidos. En sus cuentos, Ana Lydia adorna la estructura del español con vocablos del inglés para crear una mezcla portorriqueña de expresión literaria. En particular, en su cuento Pollito Chicken:

Lo que la decidió fue el breathtaking poster de Fomento que vio en la travel agency del lobby de su building. El breathtaking poster mentado representaba una pareja de beautiful people holding hands en el funicular del Hotel Conquistador. Los beautiful people se veían tan deliriously happy y el mar tan strikingly blue y la puesta de sol –no olvidemos la puesta de sol a la Winston-tastes-good–.

Esta combinación de los dos idiomas es un elemento de la identidad portorriqueña que no es fácil transmitir en un texto, pero Ana Lydia lo logra de tal forma que cualquiera que lea en voz alta su cuento puede reproducir los sonidos de Puerto Rico, al menos de manera aproximada.

Por otro lado, la trama de Pollito Chicken es acerca de Suzie Bermiúdez, una portorriqueña en Nueva York que decide volver a la isla que la vio nacer por unos días de vacaciones. Una vez en Puerto Rico, intenta fingir que no pertenece, y que es una turista gringa que no sabe hablar español. Atrae las sospechas de todos, que intuyen que no es una yankee más, y un bartender llama su atención. Es sólo durante el orgasmo que baja la guardia y repite, en español, las palabras que la delatan como portorriqueña y cierran el cuento: “viva Puerto Rico libre”. Una alusión al himno de Puerto Rico, que además de cómica, es muy reveladora, pues encierra dentro de sí una clave importante para entender a Suzie que, como muchos que cambiamos de hogar, siente una ambivalencia difícil de explicar a quien no la ha sentido: de orgullo y vergüenza. Por un lado, existe un motivo por el que Suzie emigra a los Estados Unidos, y el cuento es muy claro al decírnoslo:

Pensó con cierto amusement en lo que hubiese sido de ella si a Mother no se le ocurre la brilliant idea de emigrar. Se hubiera casado con algún drunken bastard de billar, de esos que nacen con la caneca incrustada en la mano y encierran a la fat ugly housewife en la casa con diez screaming kids entre los cellulitic muslos mientras ellos hacen pretty-body y le aplanan la calle a cualquier shameless bitch. No, thanks.

Sea cierta o no la imagen que nos pinta del futuro que hubiera vivido de haberse quedado, lo que es real es su percepción de los prospectos que le aguardaban en la isla. Sin embargo, aún con esta realidad llena de tedio para Suzie, y oculto en lo más recóndito de su ser, reside un orgullo muy personal por la tierra que la vio nacer y crecer. Por eso la revelación del final es importante, pues podemos ver a Suzie en todas sus luces. No sólo como una hipócrita que no sabe lo que quiere, sino como una persona que ama su lugar de origen, pero teme aceptarlo.

Y al aceptarse tal como son, los portorriqueños pueden explorarse tanto en forma, con la disipación del mito de los lenguajes como excluyentes, tanto en fondo, con los sentimientos de vergüenza y culpa que vive la protagonista de Pollito Chicken.

Para superar el exotismo colonial que Ménil denunciaba y Ana Lydia Vega trató de sabotear debo acceder a los sentimientos y pasiones que hacen de la perspectiva latinoamericana desindigenizada una adición valiosa a la conversación de la humanidad:

El sentimiento del cortador de caña ante la fábrica implacable, el sentimiento de soledad del negro en todo el mundo, la rebeldía contra las injusticias que padece muchas veces en su país, al amor del amor, el amor de los sueños de alcohol, el amor de las danzas inspiradas, el amor de la vida y de la alegría, el rechazo del poder y la aceptación de la vida, etc., cosas, todas ellas, de las que jamás hablan nuestros distinguidos escritores y que conmoverían a los negros, a los amarillos y a los blancos, como los poemas de los negros en Estados Unidos conmueven al mundo entero. Esta literatura que carece de fuerza y se agita vagamente, sin vínculos con la carne, se ha adjudicado, en efecto, como maestros a todos ellos que no estaban decididos ni a embarcarse en el movimiento de la vida, ni a vivir en pleno sueño. Aburrimiento.

Poco a poco intento diversificar las voces que escucho en el arte, porque no es un proceso automático. Siempre es más fácil regresar a accesible, y a lo que toda la vida he escuchado constituye literatura o filosofía valiosa. Aún así me gusta pensar que ya di el primer paso para encontrar mi voz, y todos los días la estoy construyendo.

Un comentario en “Mi exotismo colonial

  1. Muy interesante la propuesta de Menil, no la conocía y permite comprender ese gran problema que es la identidad en Latinoamérica. Confío que ese despertar de tu exotismo colonial de frutos

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