Cerca del latido del mundo

Me gustaría dejar de contar historias sobre mí y darme cuenta de que no existo. Mi ego es una amalgama de enunciados que le grito al mundo con la esperanza de que confirme mi existencia como separado de él, y sólo trae a mi vida cansancio.

Cuando comienzo a tener días malos, días tristes, o días donde sufro, a veces llego a detenerme y a tomar un paso hacia atrás para entender de dónde provienen. Invariablemente la causa de esos días soy yo. Cada vez que me siento mal por cómo me ven los demás, o que tomo una decisión pensando en qué se verá mejor en lugar de en qué es lo que realmente quiero para mi vida, o siempre que elijo enfocarme en cómo me afecta una situación en lugar de pensar en cómo puedo entenderla a través de la compasión, siempre soy yo.

No soy el primero en darme cuenta de esto. Por más de dos milenios los budistas han buscado entender cómo funciona la mente para no caer en las trampas que el apego a nuestras historias invariablemente produce. El método que practican es probablemente el más estudiado y pulido que existe, pero no es el único.

Es una de las razones por las que amo al arte; me saca de mí mismo. En particular veo a la literatura como el antídoto perfecto para las historias que nos contamos. Con eso en mente, uno de los mejores guías que tuve para acercarme a la literatura fue un curso en línea que tomé en el 2013 llamado The Fiction of Relationship. En él hablábamos de cómo las personas experimentamos un deseo fuerte y constante por fundirnos con otros a través del amor. Por ser otros. Durante el curso nuestra relación con nosotros mismos se disolvía al darnos cuenta, gracias a las novelas que leímos, que nuestra propia identidad y la relación con nuestro pasado, nuestro cuerpo, nuestras amistades, e incluso con nuestra mente son una ficción.

The Waves de Virginia Woolf, materializa esta idea con cariño e inteligencia. Es una novela sobre la vida de un grupo de amigos, y cómo, a momentos, pueden trascender su individualidad y volverse un océano colectivo de consciencias. Disuelven las barreras que hay entre las personas y por momentos podemos olvidar, junto con los personajes, nuestro sentido de yo individual. Me recuerda a ese curso que tomé hace años porque hace palpable la idea de que no vivimos vidas solitarias, sino que vamos cambiando junto con las personas que decidimos tener cerca y nuestra experiencia del mundo nunca es del todo individual, aunque lo olvidemos.

Ese mismo efecto lo podemos encontrar en cualquier obra literaria que tenga el suficiente valor de dejarnos entrar a la intimidad de una persona. Por eso, aunque de lejos la literatura puede parecer un lujo, o frívola y sin utilidad, es valiosa, entre muchas otras razones, porque nos permite encontrarnos, y escuchar el latido del mundo. Eso que hace que la vida valga la pena: salirnos de nuestra sofocante individualidad y escuchar con atención la forma en que otros viven, sufren, y gozan sus existencias.

El profesor de mi curso, Arnold Weinstein, escribió en su libro A Scream Goes Through the House:

La educación de la que hablamos aquí no es sobre hechos y datos. El propósito del arte tiene poco que ver con información. No, el viaje es visceral y experimental, implica cambiar nuestros corazones. Transiciones así son, desde luego, emocionantes, pero su verdadera razón es más sobre las implicaciones éticas y existenciales. Debemos acercarnos y dejar pasar dentro de nosotros el gran teatro del mundo, funcionar como un pararrayos para que las grandes fuerzas y energías que han pasado por la historia puedan, por medio del arte, estrellarse contra nosotros y sacudirnos con su luminosidad e intensidad.

Estar cerca del latido del mundo implica experimentar la vida de manera profunda, y al hacerlo abandonar el impulso de pensar en uno mismo. Para entender a otros hay que vaciarnos y ser los otros. Sólo así podemos entender que aunque nuestra experiencia esté marcada por nuestro punto de vista individual, no es la única forma de ver el mundo. Nunca podré ver con tus ojos, o sentir con tu corazón, pero puedo intentarlo. A través de las palabras y de las historias que de ellas surgen podemos ayudar a otros a entender nuestra experiencia y, si los otros están dispuestos, a entrar en la suya. Quiero guardar silencio para poder escucharlas.

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