El discurso de fuerza e individualidad en el colegio de filosofía de la FFyL

La filosofía es una de esas carreras donde la gente asume que sólo entras si tienes una profunda pasión por lo que estudias. Y tal vez sea así, pero no lo sabrías entrando a una clase del colegio de filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. No porque los estudiantes no sean inteligentes o trabajadores; si hablas con ellos fuera de las aulas puedes darte cuenta inmediatamente de que lo son. La razón no tiene que ver con los individuos, sino que tiene sus raíces en el tejido mismo que forma a la comunidad de ese colegio. Ese tejido lo forma no sólo el espacio que compartimos, sino la forma en que concebimos nuestra labor en ese espacio y las palabras con las que nos expresamos del conjunto anterior. Es decir, el discurso del día a día.

Es difícil hablar de la forma en que el discurso cotidiano sucede en las aulas de la facultad de filosofía y letras. Al no contar con una prueba escrita, uno debe incurrir en especulación, o en pruebas anecdóticas. Esto implica un problema metodológico difícil de superar. Por lo tanto, la solución que propongo es trabajar pensando en el discurso y el lenguaje usados en los textos oficiales del colegio de filosofía, y asumir que el lenguaje informal es un reflejo de estos. Cualquier alumno o docente que haya escuchado cómo se materializa el discurso dentro de los salones podrá atestiguarlo, aunque las pruebas no sean suficientes para convencer de su veracidad a un lector externo a la comunidad del colegio.

Para empezar a hablar de eso, debo explicar un concepto importante acuñado en 1966 por el filósofo francés Michel Foucault en su libro Las palabras y las cosas, donde  introduce el concepto de episteme. La episteme de un determinado tiempo y campo de estudio, condicionan la forma en que un discurso se produce y determina lo que es posible afirmar. Es una idea que subyace al discurso y lo configura. 

En todas las épocas y en todos los lugares hay una episteme específica que genera un discurso particular. Es inevitable y no es, por sí solo, un problema. Sin embargo, identificar estas ideas que marcan la forma en que creamos un discurso dentro del colegio de filosofía, puede ayudar a entender las formas concretas en que nos relacionamos dentro de él. Hoy quiero identificar dos componentes de la episteme que constituye a ese discurso. 

Empezamos, por lo tanto, con el primer acercamiento que de ordinario se tiene a la carrera de filosofía y al lenguaje oficial con el que se refiere a ella el colegio: el plan de estudios.  De las cinco secciones incluidas en el plan de estudios, sólo el perfil profesional y la descripción de materias incluyen algo más que los trámites burocráticos que se deben realizar para terminar la carrera. Por sí solo esto no dice mucho, pero al compararlo con otro plan de estudios, en este caso el de la carrera de filosofía de la Universidad Panamericana, podemos darnos cuenta que omiten algo importante, pues se enfocan en las habilidades y el conocimiento que se adquiere a través de la carrera en filosofía, pero no en las actitudes que se esperan del alumno tanto para ingresar como para titularse. En la página de la UP viene esta sección en su perfil de egreso:

Actitudes: El filósofo se caracteriza por su actitud crítica y a la vez asertiva, por su disposición al diálogo sustentado en principios firmes, por su apertura a diversos puntos de vista y a las perspectivas de otros saberes; por su denodado interés ante lo humano y su compromiso ético para ofrecer alternativas a los problemas que aquejan a la sociedad.

Del mismo modo explican su visión para la carrera: “ser un espacio propicio para el diálogo y la generación de conocimiento filosófico, para la construcción de un humanismo al servicio de la sociedad”. Quiero señalar principalmente el énfasis en el diálogo y la apertura que se intenta promover, al menos en el plan de estudios como primer acercamiento al discurso de su universidad. 

No sé cómo funcione en la práctica para la UP, pero identificar que este tipo de lenguaje no existe en el colegio de filosofía de la FFyL ayuda a entender cómo se manifiesta en prácticas específicas. Aquí el problema metodológico de las pruebas anecdóticas hace su primera aparición, pero es obvio para los que tomamos clases en este colegio que en la mayoría de los salones (y claro, siempre hay excepciones), el diálogo no forma parte de los métodos de enseñanza y la apertura no existe en los espacios escolares. Es bastante común escuchar el silencio en los salones cuando un profesor o profesora deja de hablar, porque los estudiantes no sienten la confianza de alzar la voz. El miedo a parecer tonto, o débil es palpable. 

Para adentrarnos más en el por qué, y en el tipo de comunidad que se ha generado dentro del colegio de filosofía, podemos apoyarnos en la distinción que hace Stacy Simplician en su libro The Capacity Contract entre dos maneras distintas de hacer comunidades: 

El primer lado del contrato de capacidades, basa su membresía política en un nivel básico de capacidad y excluye a cualquiera que no lo cumpla. Al hacerlo, el contrato de capacidades naturaliza un relato ficticio de una capacidad compulsiva que nadie puede cumplir. Nuestra inhabilidad para conformarnos a este sujeto ficticio nos deja con una ansiedad profunda que proviene de la colisión entre lo que la democracia nos pide para participar y nuestra inhabilidad para cumplir con esa ficción. La otra parte del contrato de capacidad, por otro lado, ve la incapacidad como esencial en la vida humana, y por lo tanto basa la solidaridad democrática en la vulnerabilidad humana compartida. (15)

Es decir, lo que podríamos denominar como comunidad de fuerza, es aquella que gira en torno a lo que sus miembros pueden hacer por el grupo, y las comunidades de vulnerabilidad giran en torno a las necesidades en común que todos los miembros buscan solventar. 

Dentro del colegio de filosofía hemos creado, a través de un discurso reiterado, una comunidad de fuerza basada en la proeza filosófica de sus miembros. Por eso es importante lo que el plan de estudios nos dice repetidamente. Nos dice y hace énfasis en que el estudiante de filosofía cumple con los requisitos, y eso es todo lo que importa, que sea hábil (fuerte). Dicho de otra forma, lo que nos une como alumnos del colegio de filosofía no es un deseo o necesidad por aprender filosofía y responder las preguntas que de ella nacen, lo que nos une es haber sido lo suficientemente hábiles para ser parte de esa comunidad donde sólo aceptan a un escaso y selecto ocho por ciento de aplicantes. Nos une nuestra fuerza.

Lo que sucede con las comunidades de fuerza es que el criterio para pertenecer a ellas está condicionado. Se puede pertenecer siempre y cuando se tenga una cierta característica específica. Es esa condición la que hace que los que son diferentes se escondan, y no revelen sus vulnerabilidades ni sus diferencias. Por ejemplo, un mexicano con descendencia europea (lease: blanco) que quisiera vivir en algunas zonas de Estados Unidos no tendría problema mientras no abriera la boca para que saliera su acento, pues lo revelaría como extranjero en un país que no siempre los recibe con los brazos abiertos. Tendría que esconderse, o una parte de él, para formar parte de esa comunidad. En el colegio, la manera de esconderse es también a través del silencio, lo cual resulta en una reticencia a expresar ideas por miedo a que les falte alguna lectura para poder estar completas, o por miedo a que los intereses que la producen sean distintos a los académicos. 

El silencio, entonces, o resignarse a no hablar, efectivamente desaparece una multitud de voces en el salón de clases, lo cuál, nos dice Simplician, conlleva otros problemas:

La desaparición cumple con dos objetivos. Primero, permite que el contrato social parezca universal, como si fuésemos creados con igualdad cognitiva, a pesar de que se apoya en una distinción entre los que son cognitivamente capaces y los que no. Segundo, en la política contemporánea, esta desaparición sirve para contener la ansiedad de nuestra obligación a las personas con estas incapacidades y la amenaza que representan a los recursos sociales. Y aunque el contrato de capacidades tenga como meta el borrar, falla y permanecemos ansiosos sobre nuestras propias habilidades cognitivas así como de las ajenas. (16)

Es decir, lo que el discurso de fuerza genera en las aulas es que los alumnos traten de configurarse a sí mismos con respecto a un estudiante imaginario que ya tiene el conocimiento y las lecturas suficientes para comunicarse en el mismo nivel que el que percibe en los otros. Cuando este estándar imposible no se logra, el estudiante se esconde a través del silencio, lo cual impide que se genere una verdadera comunidad filosófica que gire en torno a la pluralidad de voces y de lecturas. 

Por eso creo que un discurso que girase en torno a la vulnerabilidad podría funcionar mejor para generar una comunidad filosófica que el actual , que gira en torno a la fuerza. Un discurso que acepte que no todos los estudiantes tienen el mismo tipo de conocimiento, pero que pueden pertenecer a la comunidad filosófica si tienen la disposición para aprender y dialogar, y para cuestionar sus propias posturas y hacerlas más sólidas. Es más realista porque acepta al alumnado tal cual es, con su necesidad por aprender y su falta de lecturas. No se empeña en cumplir con un ideal imposible. 

La vulnerabilidad no sólo implica debilidad, sino que invita consigo la solidaridad, la fuerza colectiva y nuevas formas de imaginar a las comunidades. Aceptar y promover nuestras carencias podría hacer del colegio de filosofía una verdadera comunidad filosófica para los universitarios. En la forma en que está constituido actualmente, el discurso que maneja promueve el silencio, y como consecuencia, el segundo componente de la episteme del colegio: la individualidad.

Esta segunda parte tiene que ver con la forma en que se concibe la argumentación, y cómo eso promueve prácticas específicas que fomentan la individualidad y no aportan a la construcción de una comunidad. La argumentación que existe en el colegio se basa principalmente en la lógica, como el plan de estudios hace evidente con sus tres materias dedicadas al tema. Las únicas en todo el plan de estudios que se relacionan con la argumentación, al menos de forma explícita. Sin embargo, señala Perelman en The New Rethoric, la argumentación basada en la lógica no es la única que existe: 

La propia naturaleza de la deliberación y la argumentación se opone a la necesidad y a lo auto-evidente. Nadie delibera cuando la solución es necesaria, o argumenta en contra de lo que es auto-evidente. El campo de la argumentación es el de lo creíble, lo plausible, lo probable, al grado de que elude la certeza de los cálculos. El concepto de Descartes, claramente expresado en la primera parte de El discurso del método, era “tomar por falso todo aquello que sea sólo plausible”. Fue este filósofo el que hizo a lo auto-evidente la marca de la razón y consideró racional sólo aquellas demostraciones que, comenzando por ideas claras y distintas, extendiesen, por medio de pruebas apodícticas, la auto-evidencia de los axiomas a los teoremas que se derivaban. (1)

Bajo el esquema de la lógica, la argumentación sólo lidia con el campo de lo auto-evidente, y si el argumento que se está dando es válido lógicamente, debería ser suficiente para convencer a quien sea. Sin embargo, así no funcionan las personas. A la hora de verificar si fuimos o no convencidos por el argumento de alguien más, no es suficiente revisar que sus premisas sean sólidas y su conclusión clara, sobretodo en un espacio de discusión informal como es el salón de clases. Lo que hace fuerte al argumento de otro no es simplemente que pase por las pruebas del rigor lógico, lo que lo hace fuerte es que nos convenza. La propuesta de Perelman tiene como objetivo principal, formular una argumentación que tome en cuenta no sólo la construcción de los argumentos, sino su recepción. Para esto, rechaza a la lógica como la base de la argumentación y en su lugar coloca a la retórica. 

Sé que la concepción moderna de la retórica está manchada de una percepción que la hace parecer vacía y superficial, como si lo importante fuese adornar tu discurso con palabras que confundan e impresionen al público. Pero pensar así a la retórica no sirve. La que Perelman quiere tener como base para la argumentación tiene en su centro la recepción del argumento y buena fe a la hora de discutir. Es el tipo de retórica que desarrollaría alguien no para convencer como un sofista, sino para llegar a la verdad como un filósofo. 

Los argumentos que sólo necesitan de ser sólidos estructuralmente no toman en cuenta el diálogo que forma parte importante del quehacer filosófico. Al negar el estudio serio de la retórica como parte de la formación filosófica en el colegio, se está siendo parcial a una filosofía individualista que no da oportunidad para el encuentro con el otro. Al menos de manera directa. La argumentación filosófica basada en la lógica podrá cultivar individuos, pero la filosofía basada en la retórica puede cultivar comunidades. 

Con todo esto, es claro que el discurso que utiliza el colegio de filosofía promueve prácticas que revelan la episteme de fuerza e individualidad bajo la que opera. Una consecuencia directa y cuyos efectos llevamos muchos años viviendo en la facultad, es que produce una comunidad desarraigada y que nunca termina de formarse. Si se busca cultivar una comunidad filosófica esto debe cambiar, aunque no va a ser lo único.

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