Regina y Kierkegaard: una carta de amor escondida

A veces, aunque sea doloroso, debemos abandonar al amor. Pocas personas lo han entendido tan bien como Søren Kierkegaard, un filósofo danés del siglo XIX que dedicó su vida a cuestionar la forma en que sus contemporáneos practicaban su religión. Su historia de amor comienza en 1837 cuando Kierkegaard y Regina Olsen se conocen por primera vez. Inmediatamente Regina llama la atención de Kierkegaard y él comienza a buscarla con frecuencia sin revelar su interés romántico. Para 1840, tres años después, ya eran amigos íntimos, y un día, mientras Regina estaba tocando el piano para Kierkegaard, éste no se pudo contener más y exclamó: “¡Oh! Qué me importa la música, es a ti a quien quiero”.

El amor entre ambos por fin tuvo la oportunidad de florecer y después de hacer los ritos debidos, se comprometieron. Durante el año que siguió, Kierkegaard se volvió seminarista, y defendió su tesis de maestría en la cual escribió sobre algo de suma importancia para su vida, aunque no sería obvio de inmediato. La parte más relevante para nosotros es sobre la gran tarea que Dios le había dado a Sócrates para ser la mosca de Atenas. En otras palabras, Sócrates molestaba a todos porque era su deber hacerlos pensar. Es muy obvio al leer el texto de Kierkegaard que no estaba haciendo un simple ejercicio académico, sino que estaba descubriendo el camino que Dios había marcado para él. Como a Sócrates, se le estaba pidiendo que dedicara su vida a cuestionar a las personas, a no dejar que se volvieran flojas en su manera de relacionarse con Dios y a que realmente reflexionaran lo que implica trabajar esa relación.

Pasó meses torturado pensando en lo que tendría que sacrificar para realizar la tarea que le habían encargado. Si se dedicaba a cumplir con el deber que Dios le había impuesto, no tendría tiempo para formar una vida con Regina, y por otro lado, si se casaba con ella no podría cumplir con su tarea divina. No había cómo tomar una buena decisión, cualquiera de las dos lo hacía perder algo importante. O como diría él mismo en uno de sus libros posteriores:

Cásate y te arrepentirás, no te cases y también te arrepentirás; te cases o no te cases, te arrepentirás de todos modos.

Conflictuado, en 1841, un año después de comprometerse, por fin se decidió y Regina recibió en el correo una carta de despedida junto con el anillo de compromiso de Kierkegaard. Confundida, fue a buscarlo a su casa, pero no lo encontró. Todo lo que pudo hacer Regina fue dejarle una nota a Kierkegaard pidiéndole que no la dejara. Él entendía que para que Regina pudiera dejarlo ir no debía dar señas de que aún la quería, así que resolvió mostrarse frío e indiferente siempre que se comunicara con ella. Regina, comprensiblemente aturdida por toda la situación, vivió cada vez más frustrada y triste. Se sentía abandonada y no entendía por qué.

Kierkegaard no soportó el sufrimiento de Regina, pero no podía decirle directamente que  aunque la amaba no podía estar con ella. Así que le envió un mensaje en su libro Temor y temblor escondido de una manera muy particular, pues yacía envuelto dentro de su filosofía. El texto, a primera vista, analiza a fondo la historia de Abraham y el sacrificio de Isaac, específicamente, la forma en que las acciones de Abraham no pueden ser explicadas racionalmente. Sólo a través de la fe podemos llegar a comprender su disposición absoluta para matar a Isaac, su único heredero, el cuál había sido concebido de forma milagrosa a pesar de su vejez y la de su esposa. Algo importante que hay que considerar es que Abraham no subió el monte Moriá con una secreta esperanza de que Dios iba a cambiar de parecer en el último momento. Abraham iba absolutamente convencido de que iba a sacrificar a su hijo porque Dios se lo había pedido. Cuando Dios decidió en su lugar sacrificar a un cordero, fue una consecuencia de la fe total que Abraham le tenía.

La forma en que esto se relaciona con Regina es que Kierkegaard sentía que Dios le encargaba a él, como a Sócrates o a Abraham, una tarea de gran importancia. En su caso era la de escribir y hacer que los ciudadanos de Cophengahen se cuestionaran y reflexionaran acerca de las formas en que vivían su religión, pues en lugar de vivir su vida interior profundamente, se concentraban en ritos externos, que según Kierkegaard no los acercaban a tener una relación con Dios.

Esta monumental tarea socrática iba a requerir de cada gramo de fuerza y energía que Kierkegaard tuviese. Su amor por Regina lo consumía y por lo tanto era totalmente incompatible con su misión. Dios estaba haciendo a Kierkegaard elegir. O sacrificaba a Regina como Abraham a Isaac y la sacaba de su vida para cumplir con un propósito más alto, o ignoraba el llamado y vivía una vida alejado de Dios.

Como ya vimos, Kierkegaard eligió abandonar a Regina. El mismo Kierkegaard admite que nunca llegó al nivel espiritual de Abraham, que al despojarse completamente de cualquier esperanza de que su hijo viviera, se le concedió su vida. Kierkegaard estaba convencido de que al no ser capaz de perder la esperanza de que Regina regresara, Dios nunca la trajo de nuevo a él. Años más tarde, Regina se casó con alguien más, y Kierkegaard pasó el resto de su vida solo.

Regina nunca le perdió la pista, y disfrutaba de leer cada nuevo texto de Kierkegaard junto a su esposo, con quien comentaba con gran entusiasmo sus ideas. Cuando el filósofo murió, casi cincuenta años antes que Regina, aún se sentía irremediablemente atado a ella. Tanto así que la nombró como única heredera de sus posesiones.

Si existe algún consuelo en esta historia es que, al menos al final de su vida, Regina entendió el mensaje de Kierkegaard:

Su muerte me llenó no sólo de tristeza, sino de preocupación. Como si al posponer la acción yo hubiera cometido una gran injusticia contra él… Pero desde su muerte ha sido como si fuese un deber que yo hubiera negado por cobardía, un deber no sólo hacia él, sino hacia Dios, al que fui sacrificada por él. Lo haya hecho por su tendencia innata a tormentarse a sí mismo, o si lo hizo, como pienso que el tiempo y los resultados de su trabajo van a demostrar, para responder a un llamado de Dios.

Tanto Kierkegaard como Regina sufrieron tremendamente la ruptura, pero el amor que se tenían fue tan grande que marcaría el resto de sus vidas. Kierkegaard murió con una obra muy extensa, y con el paso del tiempo se volvió una de las figuras centrales para pensar la crisis de la modernidad. Se volvió, en algún sentido, no sólo la mosca de Copenhagen, sino de todo el mundo. Dolió, pero al abandonar el amor de Regina, pudo responder al llamado de Dios para entregarse a la humanidad.

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