Carta abierta a mí mismo

Querido Emiliano,

Tu cuarto de siglo en esta tierra nadie lo puede juzgar. Es tuyo solamente. Nadie conoce el esfuerzo que tomó ir cada día al entrenamiento de americano cuando estabas en la secundaria. Pueden llegar a imaginarlo, pero sólo tú entiendes realmente lo que te costaba avanzar cada yarda bajo el sol victorense, o el coraje de tu espíritu cuando cada día de entrenamiento el equipo entero se saltaba las esquinas de la cancha para terminar más rápido y tú dabas la vuelta entera. ¿Por qué hacías eso? Tal vez sabías que era más fácil intentarlo en ese momento que sentir que no habías hecho tu mejor esfuerzo y vivir arrepentido.

Sólo es tuyo el amor que has vivido, y el dolor de haberlo reconocido para con el mismo cariño abandonarlo. Cariño hacia a ti y hacia el amor que encontraste, porque aunque dolía separarse, lastimabas más quedándote. Siempre has cargado con la tarea de abandonar al amor, aunque el amor a ti nunca te abandona.

Es tuyo cada día y lo que cuesta levantarte para comenzarlo. Ese momento de duda entre la apertura de tus ojos y la decisión de incorporarte para darle un trago a tu vaso de agua existe para convencerte a ti mismo de que vale la pena encarar otro día de frente. Siempre que tomas esa decisión es la correcta, pero esa sagrada lucha es un ritual diario, que cada tanto atraviesa la mañana para extenderse hasta la luna y dejarte exhausto.

Es tuyo también el conocimiento de que las personas no ven todo lo que has pensado y sentido, ni el esfuerzo que le has puesto a vivir aunque nadie te haya enseñado. Sabes que los demás tienen vidas iguales, con sus montañas personales que cada quien ha sabido escalar como puede. Entiendes que nunca vas a llegar a entenderlos totalmente, pero que cuando se encuentran, por pura casualidad, en medio del cansancio y el peso de los problemas personales, intentas ser un alivio. Un sendero en la montaña cuya tierra es libre de juicios y donde la sombra de sus árboles protege al explorador con ternura. Pero no siempre lo logras y te castigas por eso como si no necesitaras tú también una vía abierta que reciba tus pasos.

Hace veinticinco años naciste, y hoy lo celebro porque estoy seguro que el mundo está un poquito mejor por ello. Mi obsequio para ti es que incluso en los días que duele mucho y sientes ganas de llorar sin saber por qué, tengas la seguridad de que aprecio el hecho de que existas, con tus imperfecciones y tu entusiasmo contagioso, con tu terquedad de ponerle el alma a todo lo que haces, con tus grandes ojos transparentes, que iluminados por la luz correcta se revelan cafés. Todo esto lo celebro, e incluso así sé que te quedan dudas de que sea digno de celebrase, de que tú seas digno de que te celebren. No te apures. Todo lo que quieres lograr y ser para sentirte con el permiso de saberte valioso lo vas a alcanzar. Porque ya eres esa persona, aunque a veces lo olvides.

Tu hermanito silvestre,

Emi

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