Repensar la masculinidad: identidad

La vez pasada hablamos de cómo las historias que nos han contado sobre el género no necesariamente son verdad, porque el género es algo que construimos de manera histórica y social. Normalmente, cuando la gente habla de conceptos así, parece que piensa que su estatus como constructo social implica que no es una fuerza operante en el mundo, o que no es verdad. Pero pensemos en el lenguaje, que también es un constructo social, o mejor aún, en el dinero. El valor que le damos a los billetes y monedas es un acuerdo en el que todos participamos, y sus efectos en la vida de las personas son tan grandes, que terminan por definir sus condiciones materiales desde que nacen hasta que mueren.

El género es igual, y es real en tanto que es una forma de expresión individual que proyectamos al mundo. Una idea que nos puede ayudar a hablar sobre este tema la concibió Judith Butler en su libro Gender Trouble. Ahí, plantea el argumento de que el género es performativo, lo cual significa que, a través de la repetición, creamos nuestra identidad. Si sabes inglés, la palabra que le da nombre a la teoría puede causar algo de confusión, pero aquí mismo la resolvemos. La performatividad no viene de performance, como cuando un actor se sube al escenario y actúa como un personaje. La gente no finge su género. Es una palabra técnica que viene del verbo perform, como cuando realizas una acción. Lo que dice Butler es que el género no es algo que eres, es algo que haces.

Cuando hablamos y formamos oraciones, normalmente podemos calificar su contenido como verdadero o falso. “Ayer me desvelé”, “Mañana voy a ir a correr”, etc. Pero existen unos enunciados especiales que se llaman performativos, que no se pueden evaluar así, porque no se refieren a una acción, sino que SON una acción. Por ejemplo, cuando un ampáyer marca un strike, o alguien dice “acepto” en su boda, o cuando te prometo que mañana te pago, nada más que ahorita no traigo porque dejé mi cartera en mi casa y de verdad quiero esa pokebola que sirve como lonchera para enseñársela a todos mis amigos a la hora de comer. Todas esas son palabras que pronuncias, pero también acciones que realizas al pronunciar esas palabras. Te cumpla o no la promesa, al pronunciar las palabras “te prometo”, estoy realizando la acción de prometer.

Lo importante de todo esto es que, al ser performativo, podemos ver al género ya no como una forma en la que expresas tu esencia más profunda, sino algo que haces y desarrollas. Imagínate que quieres aprender un idioma. Conforme aprendes y comienzas a hablar tailandés, puedes expresar cosas que antes no podías, y te puedes acercar a la cultura tailandesa de manera más directa que si no supieras el idioma, por lo que puedes leer su literatura, escuchar su música, e incluso lograr amistades con personas de allá. Tu nuevo lenguaje puede ayudarte a desarrollar tu personalidad por muchos años después de que lo comiences a aprender.

Sin embargo, pocas personas describirían la adquisición de un lenguaje nuevo como la expresión verdadera de su alma. “Siempre supe que necesitaba del francés para expresar mis ideas”. “Sólo el japonés puede capturar la complejidad con la que veo al mundo”. No, uno no aprende un idioma nuevo porque siente que hay algo interno que quiere expresar al mundo, sino porque quiere desarrollar su personalidad de una manera específica.

De la misma forma, la teoría de la performatividad sugiere que cuando le expresas tu género al mundo no estás mostrando lo que hay en tu interior, sino que al interactuar con el mundo y las personas de maneras específicas y repetidas, estamos desarrollando esa identidad propia, y ésta puede cambiar de un día para otro dependiendo de lo que queramos desarrollar. Vuelvo al ejemplo de los idiomas, porque la parte de la repetición es importante. Si un día hablas una oración en alemán, nadie pensaría que hablas alemán. Es sólo a través de muchas oraciones que puedes proyectarle al mundo que hablas ese idioma Sin embargo, si un día decides que quieres dejar el alemán y comenzar sueco, no existe contradicción alguna. Vas a necesitar repetir muchas oraciones en sueco, pero no importa si tu pasado estaba lleno de alemán, eventualmente vas a poder ser visto como alguien que habla sueco. O puedes hablar ambos, y otros idiomas más, si tú quieres.

Entonces, si yo u otra persona decidimos que queremos desarrollar en nosotros características normalmente asociadas con la masculinidad, como traer el cabello corto, o usar ropa “de hombre”, eso está bien, tan fácil como decidir aprender portugués. Si después, o al mismo tiempo, decidimos que ahora queremos desarrollar características normalmente asociadas con las mujeres, como usar más colores en la ropa, o usar aretes padres, es totalmente válido. No hay una manera correcta o incorrecta de desarrollar tu identidad de género, así como no hay una forma correcta de desarrollar tus otros intereses.

Emitir juicios sobre las personas que están explorando la forma en la que quieren expresar su identidad de género e intentar que se adecúen a un molde específico, lo único que logra es que haya más personas con miedo a intentar desarrollarse de formas distintas. Si lo que queremos es una sociedad donde todos los hombres se expresan igual a otros hombres, todas las mujeres igual que a todas las demás mujeres, y todas las personas tienen miedo de salirse de esos arquetipos que no le hacen justicia a la capacidad humana para la expresión y la creatividad, la vía del miedo es buena para alcanzarlo. Pero si queremos un mundo donde todos tengamos la capacidad de desarrollarnos y expresarnos de cualquier forma que nos interese, entonces entender que no hay una forma correcta de expresarse es una buena manera de empezar. Si pensamos que la segunda opción es más deseable, apoyar y permitir que los demás se desarrollen como mejor les parezca puede hacer del mundo un lugar más colorido e interesante. Igual que nosotros.

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