Mi viaje a México (parte 3)

Esta entrada es la tercera de la serie. Si no has leído las entradas anteriores, puedes encontrar la primera parte aquí, y la segunda acá.

III

Una vez le preguntaron a alguien qué se sentía ser famoso. “Creo que es la forma en la que todos deberían de sentirse”, dijo. Porque, ¿qué es ser famoso? Significa que a donde quiera que vayas siempre hay alguien que sabe quién eres y lo que aportas al mundo. Suena increíble, y para los que vivimos en ciudades con millones de habitantes, lo es. Pero hubo un tiempo, cuando los humanos vivíamos en comunidades de 100 o 200 personas, donde no era tan raro. Si salías a caminar y eras la única persona del pueblo que tenía el oficio de zapatero, todos los días convivías exclusivamente con personas que lo sabían y que entendían la importancia de lo que hacías. Sin ti, nadie tenía zapatos. 

Para mí esta es una idea importante, porque creo que revela la razón por la que muchas personas nos sentimos perdidas sobre lo que queremos hacer para el mundo. No es coincidencia que las personas no encuentren significado en sus trabajos y batallen para alcanzar todo su potencial. Nuestras comunidades son inexistentes. La mayoría de nosotros vivimos aislados y elegimos carreras que nos puedan dar la mayor cantidad de dinero y que pasen la prueba de ser mínimamente entretenidas. 

Estoy seguro de que si tu familia se hubiese dedicado a hacer zapatos por generaciones, y la comunidad necesitara de ti para aprender el oficio y volverte el siguiente zapatero del pueblo, las crisis vocacionales serían muy pocas. Lo que quiero decir con esto no es que tener un camino trazado por alguien más sea la solución. Lo que quiero decir es que vivir en comunidad y usar tu tiempo y habilidades para mejorarla es una forma de encontrar un propósito tangible en la vida que no tiene que ver con si eres religioso o no. Eso es algo que buscar la riqueza personal no puede lograr.  

Bueno, pues como había dicho antes, al mudarme de ciudad había roto con todas mis comunidades. Además, no pude crear una nueva al llegar, pues hay un grave problema en la carrera de filosofía que impide que se genere una comunidad alrededor de las clases. Literalmente podrías pasar la carrera entera sin hablar con una sola persona.

Entonces, al estar alienado de toda comunidad no podía generar un propósito que me satisficiera. Por más que hiciera todo de la manera correcta y tuviera una vida aparentemente llena y centrada en mí, parecía que no iba a ningún lado. Era como estar pretendiendo que me interesaba la vida. Mi esfuerzo se sentía como cuando intentas golpear a alguien en un sueño y tu golpe llega sin fuerza. Puedes intentarlo con todas las ganas del mundo, pero nunca vas a lograr la fuerza que necesitas. 

Volví a recuperar mis hábitos en los meses que le siguieron al terremoto, pero no sabía qué hacer con ellos. Caminaba, pero sin fuerza o dirección. El 2018 comenzó así, y se mantuvo por unos meses. Fue hasta que regresé a la ciudad después de las vacaciones de verano que empecé a pensar con claridad.

Me frustraba que había problemas que yo consideraba urgentes y que podían ser aliviados por la filosofía, y que en lugar de abordarlos, seguíamos leyendo filosofía de gente rica que no tenía problemas de los qué preocuparse excepto ser más inteligente que alguien más. Si lo anterior suena severo o exagerado, creo que es porque nos han vendido la idea de la filosofía como inútil, y aún no podemos escaparla. Podría ser muchísimo más.

Lo vi claramente cuando comenzaron a volverse virales las noticias de la caravana de migrantes y por fin pude poner todo en palabras. Vi un odio inmenso ligado a una problemática que no entendían y no estaban dispuestos a escuchar. Pensé que la filosofía podría ayudar, pero yo no sabía cómo hacerlo. Toda mi educación universitaria no me había dado las herramientas para entablar diálogos honestos que llevaran a la comprensión y a discusiones productivas.

Mi posición privilegiada me ha dejado alienado, pero también me ha conferido una enorme responsabilidad con los otros. Aún no sé cómo asumirla, pero ahora sé que todo lo que aprenda es para que le sirva a los demás. De eso se trata la página en la que me lees, y todos mis esfuerzos en twitter, en los trabajos para licenciarme, el tiempo que le dedico a leer y cualquier otra cosa que haga o que planee hacer. 

Hoy, la historia que cuento sobre mí es la de cómo un corazón aprendió a abrirse a los demás, y de la necesidad urgente de formar comunidades donde podamos pasar de contar “mi historia”, a contar la nuestra. El primer paso es admitir que nuestra vida sólo tiene sentido juntos.

Irónicamente, no sé cómo ayudar a los demás a darlo, y esta corta historia fue un primer intento de hacerlo. Si funciona o no, no se preocupen, lo voy a seguir intentando. En una de esas, damos en el blanco. 

Fin.

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