Mi viaje a México (parte 2)

Esta entrada es la segunda de la serie. Si no has leído la primera parte, puedes encontrarla aquí.

II

You will see light in the darkness
You will make some sense of this
And when you’ve made your secret journey
You will find this love you miss

Okay. Ya estoy en la Ciudad de México. ¿Ahora qué? Ya estoy yendo a mis clases. Estoy leyendo a Platón, a Aristóteles, a Kant. ¿Ahora qué? Ya me cortó mi novia de Monterrey. Ya renuncié a la asociación civil. ¿Qué sigue?

Tardé un semestre en darme cuenta que me había quedado sólo, y comencé el 2016 de la misma forma terrible con la que terminaría.

Totalmente solo.

Sí, tenía rumis, y sí, le hablaba a algunas personas en mi facu, pero había llegado a la Ciudad de México con el corazón absolutamente cerrado. Nadie entra. Nadie sale.

Recuerdo que en una clase una compañera me pidió ayuda con una tarea, y cuando le expliqué no sé qué cosa sobre la lógica proposicional, dijo que me lo pagaba con un café. Mi respuesta fue sincera, pero bastante aburrida y perdí la oportunidad de tener una nueva amiga.

Además, pensaba que como me habían cortado, esa era la verdadera y única razón de todas mis penas. Si había aprendido algo de la cultura popular gringa era que con sólo arreglar o entender ese aspecto de mi vida, todo se solucionaría de golpe. Tardé bastante en darme cuenta de lo equivocado que estaba. Esa no era la única razón, ni la más importante. La verdad es que tenía tiempo. Muchísimo tiempo. Y no sabía qué hacer con él.

Imagínate, si de repente no pudieras hacer nada de lo que haces ahora y tuvieras veinticuatro horas para llenar cada día, ¿tú qué harías con todo ese tiempo? Creo que a la mayoría de las personas nos pasaría lo mismo y perderíamos un poco la cabeza. Nuestra mente necesita de ciertas estructuras y rutinas para sentirse bien, y yo ya no tenía ninguna. Las había dejado en Monterrey.

Entonces, como toda persona razonable, me puse a ver series. Todas las series que pudiera, por muchas horas cada día. Lo cual, después me enteré, es poco saludable. Esta página es testigo de algunas de las que vi, aunque no escribí sobre todas, porque eso hubiera sido demasiado productivo para mi estado mental en ese momento.

Y así se fueron mis días durante todo el 2016. En ese momento parecía que la respuesta a mis preguntas existenciales era: te vas a morir, entonces sólo mantente tan entretenido como puedas en lo que esperas lo inevitable. La historia de mi vida, si me la hubiesen preguntado en ese momento, era esa, nada importaba y no quería estar aburrido. Como tal vez puedas anticipar, pensar en mantenerte entretenido como propósito de tu existencia resulta en una vida muy aburrida, y no sólo eso, es una muy solitaria.

Como Calamardo, debía salir de ahí. Así que  intenté muchas cosas que no funcionaron. Incluyendo regresar a Monterrey unos meses pensando que podría manejar la carrera desde allá. Obviamente no pude y regresé a la CdMX un mes después del inicio de clases. Hice eso porque no me importaban las materias. No entendía en qué se beneficiaría mi vida o el mundo por ellas, o por qué importaría que lo hicieran.

Cuando regresé, ya era tarde para recuperar el semestre. Terminé entregando dos de los seis trabajos que debía entregar. Todas las demás materias fueron NP (“no pudo”, o “no presentó”, en alemán).

El siguiente semestre estaba decidido a comenzarlo bien y hacer mi mejor esfuerzo por aprender mucho en todas mis materias. Ese verano aprendí a bailar salsa y comencé a aprender francés con un método del que he querido escribir desde hace tiempo, pero que les tendré que platicar en el futuro. Hice todo eso y otras cosas, porque mi objetivo era trabajar en que la estructura de mi vida tuviera una forma que fuera comprensible para mí. Mi preciada rutina.

Así que volví a clases. A mi quinto semestre, aunque realmente era el cuarto. Para mi sorpresa, ¡lo hice muy bien! Mi progreso era notable, y estaba aprendiendo sobre Derrida y otros autores tan bien como mis habilidades me dejaban. Empezaba a sentirme bajo control, con intereses, y aplicado. Tomaría un acto de la naturaleza para detenerme ahora que había tomado impulso.

Para cuando escuché la alarma el terremoto ya había comenzado. Nunca había estado en uno así de fuerte, y ya era tarde. Vivía en un sexto piso, así que salí de mi cuarto y me escondí debajo de la gran mesa de madera que estaba en la sala. Las perritas de mi rumi corrieron hacia mí, también asustadas, como buscando refugio. Pero yo no podía protegernos. Sólo podía confiar en que el edificio resistiría y que el temblor eventualmente terminaría.

Terminó para mí, y el edificio no cedió. Pero para muchas personas no terminaría pronto. Sus casas estaban destruidas e iban a necesitar ayuda, así que comenzamos las brigadas universitarias. También esta es una historia para otro día. El punto es que después de algunas semanas, cuando volví a la facultad, a la rutina y a los deberes, ya no podía manejarlo.

Estaba congelado y tenía miedo. Parecía que todo el progreso que había hecho en verano y ese semestre, se me estaba escapando de las manos. Era como si estuviera intentando pedalear una bicicleta cuesta arriba. Al principio logrando algo de movimiento, pero eventualmente sucumbiendo a la fuerza de gravedad y a lo inclinado de la pendiente. Mi bicicleta marchaba hacia atrás, porque avanzar me era imposible.

Mi rutina y estructura, aunque buena, resultó ser muy frágil, y se derrumbó totalmente ante el desastre que se dejó caer sobre la ciudad. No me culpo, pero es la realidad; mis esfuerzos no sobrevivieron una prueba tan dura.

No sabía cómo recuperarme, y parecía que siempre que mejoraba, perdía el impulso que llevaba, y debía empezar desde cero. Era frustrante. No encontraba un camino que me llevara a la salida del ciclo en el que estaba atrapado. Ya no veía ninguna luz, estaba solo en la oscuridad.

 

Continua con la tercera parte dándole click aquí.

2 comentarios en “Mi viaje a México (parte 2)

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