Mi viaje a México (parte 1)

¿Te acuerdas, durante la explosión del internet en México, que parecía que toda la gente se conocía y se hacía conocer por medio de blogs? La verdad yo tampoco, pero tengo una vaga idea de que así fue. Tal vez estaba muy chico y no lo recuerdo, o no estaba prestando suficiente atención.

Gracias a la llegada de las redes sociales y los perfiles preconfigurados, hemos perdido una parte importante de lo que ganábamos con los blogs: el poder de construir nuestras propias historias.  Tanto eso, como el hecho de que en el internet no es fácil tener acceso a palabras en este idioma tan chingón que es el español, me motivaron a escribir esta historia.

Entonces, aquí va,  una historia. Que te llega gratis, aunque a mí me tomó trabajo. Con la confianza de que al mismo tiempo me regalarás tu atención y algo de tiempo, en este bello intercambio que es tan fantástico como cotidiano.


I

Hace más de seis años, en el 2012, vivía en Monterrey y comenzaba la carrera de ingeniería física en el ITESM. Durante los tres años que estuve inscrito, la historia que contaba sobre mí mismo era sobre mi amor por aprender acerca del mundo y cómo había sido inspirado por Carl Sagan para compartir ese amor con cualquiera que se me atravesara. Mi camino era bastante claro. Iba a terminar la carrera, ingeniármelas para que el observatorio de San Pedro Mártir me aceptara para hacer estancias y posteriormente también como investigador, aprendería a escribir bien y sería el mejor astrónomo/difusor de la ciencia que México jamás habría conocido.

Esa historia me gustaba, pero tenía algunos huecos que no eran fáciles de ignorar. ¿Alguna vez has jugado al juego de las preguntas infinitas con un niño o una niña? Es muy sencillo, te hacen una pregunta y cuando la respondes te siguen preguntando más y más preguntas, hasta que debes admitir la derrota y que no sabes la respuesta, o te desesperas y les dices que ya no molesten, lo que para el juego equivale a lo mismo. Bueno, yo jugué ese juego, pero conmigo mismo.

-¿Por qué quieres hacer esta ingeniería?

-Para ser astrónomo, ya lo hemos hablado.

-Pero, ¿para qué quieres ser astrónomo?

-Para ser feliz aprendiendo sobre las estrellas y aportar al desarrollo del conocimiento científico.

-¿Vas a ser feliz haciendo eso? ¿Para qué quieres ser feliz? ¿Por qué quieres aportar al conocimiento científico?

-No lo sé, para construir algo.

-Y si el universo está destinado a su muerte y la raza humana al olvido, ¿importa que construyas algo?

-¿Por qué eres así, wey?

En retrospectiva, creo que desde el inicio intuía que una carrera en ingeniería no era para mí. La había escogido porque pensaba que un enfoque en física me daría la libertad de explorar todos mis intereses, pero no fue así. A fin de cuentas, era una ingeniería antes que nada.

Eso no me detuvo de seguir mi curiosidad lo más que pude. Llevé clases, algunas de oyente, de biología, literatura, filosofía, guionísmo y otras más, tanto en  el tec, como en los cursos en línea a los que daba prioridad por encima de las clases de circuitos eléctricos y estadística.

Lo que estaba haciendo no era sostenible, y el punto de quiebre vino en mi quinto semestre, en el otoño del 2014. Era uno de los más importantes para la carrera, tal vez el más importante, y yo no estaba interesado en nada de lo que ocurría en las clases. Seguía pensando en que nada de esto tenía sentido para mí, y aunque en ese momento no lo podía verbalizar, sabía que no estaba en el lugar correcto.

Un día, la suerte me encontró, y di con un video explicativo de una de las ideas principales del pensamiento de Albert Camus. Viéndolo de nuevo creo que es algo superficial, pero fue suficiente para  cambiar mi perspectiva sobre lo que estaba haciendo con mi vida. El sentido y significado que le quería encontrar nunca iban a existir de las formas que yo los quería. Como todo al que se enfrenta al juego de las preguntas, debía aceptar mi derrota. Por más que preguntara, el mundo no me iba a responder con un propósito último con el cuál guiar mis acciones. Tenía que aceptarlo para seguir viviendo. Así que comencé a pensar en cómo vivir una buena vida que aceptara la falta de significado al vivirla.

No encontré respuestas. No sabía dónde buscarlas. En alguna parte leí o escuché que la filosofía había nacido para buscar respuestas a dos preguntas importantes: ¿Qué podemos saber? y ¿cómo debemos vivir nuestras vidas?

Era la segunda de éstas dos, la que sabía que tenía que resolver antes de dar mi siguiente paso. Pero sólo había un lugar en México donde podía encontrar la educación filosófica que buscaba. Así que estudié por casi dos meses, y fui aceptado en la UNAM para comenzar la licenciatura en filosofía en agosto del 2015.

Eso implicaba que me tendría que mudar, dejar atrás a mis amigos y amigas, la asociación civil a la que le había dedicado cuatro años de mi vida, y una relación seria con una persona increíble. Siendo honesto, no manejé ninguna de estas despedidas de la manera correcta, pero ya hablaremos de eso.

Afortunadamente las personas que me querían no dejaron que me lanzara a la aventura sin darme armas para defenderme ante la soledad del valle de México. Así que antes de partir me dieron una carpeta que me acompañó en mi primer viaje a la ciudad. Dentro de esa libreta mis amigos y amigas me regalaron lo único que parece apropiado darse en esos momentos. Palabras. Cada persona me escribió una o dos páginas deseándome suerte y recordando los buenos tiempos que pasamos.

Siempre recuerdo las palabras que Andrea me escribió:

Fue así que el principito domesticó al zorro. Más cuando llegó el día de la partida, el zorro dijo: voy a ponerme a llorar.

Pero tú no eres ese que llora.

Hablaba de cómo mi espíritu de aventura me haría buscar tierras nuevas por siempre. Lamentaba decepcionarla, pero no era un gran aventurero, y el día que me fui de Monterrey aguante las lágrimas lo más que pude, y mientras el camión avanzaba y veía cómo la ciudad que había sido mi hogar por casi seis años se alejaba de mí, lloré. Lloré muchísimo y lloré muchas veces en los días que siguieron. La verdad es que no sabía bien por qué me iba y tenía miedo del futuro.

No podemos subestimar el valor del viajero, el impulso por desligarse y buscar. Buscar qué cosa ni él sabe. La tierra que tiene bajo sus pies alberga una sola respuesta: aquí No.

Pronto me daría cuenta de que atender la negativa no era suficiente para embarcarme en esta aventura, y que eso me traería problemas en la etapa que seguía.

Continua con la segunda parte dándole click aquí.

2 comentarios en “Mi viaje a México (parte 1)

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