Una historia incontable

Por mucho tiempo ha persistido la idea de que la experiencia es algo que tenemos simplemente al entrar en contacto con una situación, la experiencia es directa, no se construye. Esta noción fue fuertemente criticada el siglo pasado por Teresa de Lauretis y Joan W. Scott, que argumentaron de diversas maneras que la experiencia de hecho no es directa, sino que depende fundamentalmente del discurso. Es decir, la experiencia no se construye solamente de los hechos, sino de la manera en que estos son conceptualizados.

Para Ernst van Alphen el hecho de que “los sujetos [sean] el efecto del procesamiento discursivo de sus experiencias”, significa que los eventos traumáticos lo son por falta de una manera de expresarlos dentro de un marco narrativo. Al no poder describirlos, no los podemos experimentar, y de ahí surge el trauma o “experiencia fallida”. Van Alphen dice que el Holocausto, uno de los eventos históricos más traumáticos, tiene una irrepresentabilidad inherente debido a la inhabilidad de las víctimas/sobrevivientes para narrar sus experiencias. El lenguaje se queda corto en su capacidad para representar e impide que las personas sobrevivientes puedan comunicar el mundo en el cual están atrapadas.

La problemática en que se encuentra el rol de las sobrevivientes reside en la dificultad de encontrar roles no ambiguos de participación.  En en libro de Lawrence Langer Memoria angustiada, se encuentra el testimonio de Bessie K., vivió el Holocausto como una mujer joven con un bebé. Dado que los niños no eran admitidos en los campos y eran matados inmediatamente, escondió a su bebé en su abrigo, como si éste contuviera un manojo de pertenencias. El bebé comenzó a llorar y fue descubierta por los soldados alemanes, quienes tomaron al bebé de sus brazos. Pasaron años, décadas antes de que Bessie pudiera contar su historia a alguien. El lenguaje no le permite definir cuál es su responsabilidad en cuanto a lo que sucedió. No sabe si fue responsable de la muerte del bebé, o una víctima. Fue un sujeto que actuó erróneamente, o el objeto de la situación, al que las acciones le eran hechas. ¿Pudo haber prevenido la situación mediante sus acciones? ¿Sus acciones provocaron este desenlace? No hay respuestas fáciles para estas preguntas. Ahora ella cuenta su historia de esta manera: “Yo ni siquiera estaba viva. Ni siquiera estaba viva. No sé si era por mi propia obra; o era un hecho, o cómo, pero yo no estaba allí. Sin embargo, sobreviví”.

En nuestra cultura, la responsabilidad sobre nuestro destino es fundamental para la formación del concepto de identidad, el que no toma sus propias decisiones no es completamente un sujeto. En el contexto del Holocausto esto es problemático, porque los que vivieron en los campos eran forzados constantemente a no actuar en situaciones que normalmente requerirían de su involucramiento. El sufrimiento y tristeza de sus amigos, familiares y conocidos que ocurría todos los días debía ser ignorado para poder sobrevivir. Debían dejar de ser sujetos y convertir su impotencia en indiferencia, renunciar a su subjetividad. “Verdaderamente es una aniquilación, un paradójico asesinato del ser por el ser con el objetivo de mantener el ser vivo” (Langer).

El testimonio de Joan B., una cocinera de un campo nos ayuda a vislumbrar el tipo de experiencias que eran forzados a tener en los campos para poder sobrevivir. Una mujer iba a dar a luz y un comandante le dio la orden a Joan de que hirviera una olla con agua.

Agua hervida. Pero el agua no era para ayudar con el acto de dar a luz. Él ahogó al recién nacido en el agua hirviendo. El horrorizado entrevistador pregunta:

—¿Usted vio eso?
—Oh sí, yo lo vi —responde la mujer imperturbablemente.
—¿Usted dijo algo? —continúa el diálogo.
—No, no dije.

(Langer)

El testimonio de Joan es enervante porque carece de toda subjetividad. Es una narración, sí, pero una que sucede sin un mínimo de expresión. Aunque sobrevivió, su ser fue asesinado en Auschwitz. “Un ser asesinado no tiene experiencias, para no mencionar memorias narrables” (van Alphen). Ésta dificultad para narrar es lo que llamamos al trauma, la experiencia fallida. Al asumir una opción narrativa que es indiferente a los hechos, se acerca más al objeto y el sujeto es eliminado. El lenguaje, que es la ventana con la que experimentamos el mundo, aquí confina la experiencia y nos deja sólo dos roles: el sujeto que asume la responsabilidad y el objeto indiferente. Nadie debería ser forzado a tomar esa decisión.

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