Feminismo, existencialismo y tú

 

La doctrina fundamental del existencialismo se puede expresar en seis palabras: “La existencia precede a la esencia”. Esto significa que no hay una manera correcta de ser humano o de existir en el mundo. Primero existimos, después definimos lo que “nuestra esencia” va a significar. Ésta es la idea central no sólo del pensamiento de Sartre y otros existencialistas, también es el concepto alrededor del cuál gira uno de los libros más influyentes en la historia del feminismo; El segundo sexo, de la filósofa francesa, Simone de Beauvoir. Es inevitable al mencionar este libro, que resuene una de sus líneas más poderosas: “No se nace mujer: llega una a serlo.” Ésta no es una llamada a algún rito de iniciación a través del cual una mujer gana su derecho a proclamarse como tal, sino que en un sentido muy real, las mujeres no nacen siéndolo. Es a través de una indoctrinación rigurosa y a veces accidental que la mujer llega a serlo. Un “¡Ay! Qué bonita princesa.” por aquí, un “No juegues con tus hermanos, son muy bruscos” por acá. Y así, poco a poco, establecemos en una persona que lo que ella es, tiene ciertas características, y que si se desvía de ellas, está traicionando a su esencia. Está intentando ser algo que no es.

Podrías estar pensando: “Pero Emi, los hombres también son criados bajo una serie de modelos y reglas, es lo mismo, ¿por qué no hablas de eso?.” Y yo te diría: “Tienes toda la razón, es lo mismo, pero con una diferencia”. La idea gringa de que “boys will be boys” es cierta sólo porque permitimos que lo sea, si invirtieramos los roles de género todo lo que acabo de decir seguiría siendo el caso, pero intercambiando unos sustantivos. Esto es un problema para ambos sexos, pero especialmente para la mujer, por la posición en la que estos roles la colocan. Desde hace siglos, la mujer ha sido definida como “el otro”, la que no es hombre, mientras los hombres han definido históricamente lo que significa ser humano, lo que relega a la mujer a una posición secundaria en la visión colectiva.

Aquí es donde entra el feminismo. Lo que buscamos no es invertir los roles y que el oprimido pase a ser el opresor. El problema no es quién ocupa qué posición en el sistema, el problema es que el sistema está mal. Está mal porque al aceptar nuestra libertad individual, debemos aceptar la de los otros. Está mal porque seguimos pretendiendo que el problema se acabó cuando las mujeres comenzaron a votar. Está mal porque no es justo. Está mal.

Si queremos cambiarlo, tenemos que empezar por aceptar que hay un problema, denunciar la violencia, solidarizarnos unos con otros y estar abiertos al diálogo, pero sobretodo, aceptar, respetar, y cuidar la libertad de cada persona de decidir cómo quiere vivir su vida, cómo quiere vestirse, con qué juguetes quiere jugar, qué carrera quiere estudiar o quién quiere ser.Vivir es eso, crearnos poco a poco. Despojar a alguien de esa libertad es negarle su humanidad. Ya es tiempo de aceptarnos.

 

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