La disciplina escondida de la familiaridad

Hace mucho tiempo, el filósofo y teólogo, Hugo de San Víctor, escribió un manual educativo que es conocido como el Didascalicon, y contiene, entre sus reflexiones acerca de Dios e instrucciones para interpretar las escrituras, un capítulo acerca de música. La inclusión de este tema en el Didascalicon puede parecer poco coherente, después de todo, el propósito del libro es describir los elementos básicos del cristianismo. Sin embargo, la idea detrás de su incorporación se encuentra estrechamente vinculada al sistema de pensamiento que profesaban en la escuela de San Víctor.

La escuela de San Víctor era un monasterio medieval que en el siglo XII dio origen a algunos de los místicos más importantes de su época. Sus miembros, los Victorinos, creían que el conocimiento de Dios estaba en el conocimiento de su creación. Por lo que estudiaban no sólo las escrituras y los textos teológicos, sino que se interesaban en biología, geometría, aritmética, y todo lo que pudieran tener a su alcance. Se sentían libres de sentir curiosidad por cualquier rama de estudio, porque los acercaba a su misión en la vida terrenal.

Los Victorinos encuentran su eco en la actualidad con David Whyte. En su poema Everything is waiting for you, Whyte nos llama a que prestemos atención; todo es interesante si lo investigamos desde la cercanía correcta, así que nunca estamos solos, nunca estamos abandonados. Tenemos todo el mundo abierto para que lo investiguemos con escrutinio o lo apreciemos en su totalidad mundana.

La visión secular que nos da Whyte, abre a todos, creyentes o no, la posibilidad de explorar el mundo sin sentirnos restringidos. Ya sea astronomía observacional, el gato que se asoma por la ventana de tu vecino, filosofía medieval alemana, el árbol que te da sombra, historia vietnamita, o las historias de tus amigos, todo está a nuestro alcance para explorar. Y cuando se trata de explorar, no hay que dejarnos engañar, nada es más importante que otra cosa, solo lo que capture tu imaginación. Decía Hugo de San Víctor, “Apréndelo todo, verás después que nada es superfluo”.

 

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